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y tres veces lo ha hecho con exposición de la vida. Cogfa el caballo y cuatro números, y alguna vez solo, y pasaba al campo contrario, anunciándose con su nombre. Adquirió con esto un gran respeto, y Dorregaray decía que era todo un hombre. Los dos tercios de la vida los ha pasado en campaña, y siempre deseando volver. Mi general, le dijeron la última vez que fué á Cuba, y cuando ya el trasatlántico empezaba á salir del puerto de Barcelona; llegan al costado del buque en una lancha cuatro soldados que se empeñan en ir con vuecencia, aunque no les ha tocado en suerte. iPues que pasen y que suban, y así seremos más! 1 Los soldados lloraban al verse junto á él. ¡Hola, amigos! ¡Vamos allá todos! Esta era su manera de ser. Exento de vanidades, pero deseoso de gloria noblemente conquistada, y á la vez militar desde la mañana á la tarde, posponiéndolo todo á la ordenanza. Con él se acabaron las conspiraciones en el Ejército. Desde que él entró á figurar en política, los pronunciamientos se acabaron. No hubo más que uno, y duró algunas horas. Era de alma generosa y cristiana. Cuando Pallas arrojó la bomba mortífera delante de su caballo, lo primero que hizo al hacerle la cura de la herida, fué pedir que á aquel hombre se le perdonara. Se cumplió la ley, pero el general insistió varias veces EN s u DESPACHO P A R T I C U L A R en rogar al Gobierno que no le quitaran Fotog. Franzen la vida. Y después, con aquella herida que le duró muchos meses, hizo su vida de siempre; viajó, fué á campaña, y no se volvió á acordar más del anarquista. Era profundamente cristiano, y educó á sus hijos en las ideas del Evangelio. Muy amigo de sus amigos. Les protegía con ensañamiento según frase de un hombre de Estado que gobernó á España; queriendo decir con esto que no descansaba hasta lograr el bienestar de aquellos á quienes estimaba. Ko abusó de su influencia, porque sólo la extendía á un círculo reducido de íntimos, para los cuales pedía las posiciones y los honores, olvidándose de sí mismo por atender á los demás. Del dinero no se ocupó nunca, y deja entre los hombres políticos un nombre sin mancha. Verdad es que sus necesidades personales eran tan exiguas, que no se ocupó nunca de sí mismo. Su uniforme, su espada, y de paisano lo que le ponía el ordenanza, porque para él lo de menos eran los detalles de la vida. Sobrio hasta el exceso, resistía los ayunos forzosos de las campañas mejor que los soldados. En sus últimos días en Zarauz, no comía más que legumbres ó frutas. Y si en el estado de gravedad en que se hallaba le hubiera dicho la Reina que era necesaria su presencia á mil leguas, de las Vascougadas, medio muerto se hubiera puesto en camino, porque en punto á luchar con la salud y las fatigas, no ha nacido otro. La Reina mandó telegrafiar preguntando por él; y ya casi muerto, reveló su carácter ordenancista y equitativo. ¿Quién firma el telegrama? le preguntó moribundo á su santa mujer. -La condesa de Bástago. -Pues contéstalo tú. En estas tres palabras está todo el carácter del general, que en la vida privada era feliz con jugar su tresillo, contar sus cuentos y ver sanos y buenos y dichosos á los hijos para quienes vivió, y á los cuales, ya á las puertas de la muerte, dirigió la última mirada derramando una lágrima, que era la última expresión de aquel amor de la familia del padre amoroso Su testamento es él; ni honores, ni músicas, ni mundanas vanidades. I Así debe morir el cristiano sincero! UN SOLDADO M A R T Í N E Z CAMPOS EN 1 8 7 5 De La Ilusiración Española y Americana