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1 i i i i n 1 K Í K í 4 Pt 1 MM I. V MARTÍNEZ CAMPOS Soldado de cuerpo entero, soldado de los pies á la cabeza, soldado en casa, en la calle, en familia, en Palacio, á todas lloras, en todas partes. Eso era. Las circunstancias, la suerte, eso que gobierna en la sombra y dispone del porvenir de los hombres, le llevaron á los más altos puestos, pero en ellos fué siempre aquél que en campaña, siendo general en ¿efe, compartía como compañero con el soldado las glorias y las fatigas. De todos los generales españoles, ha sido el único á quien el soldado conocía personalmente y le seguía á ciegas. Si hubiera sido republicano, con una palabra hubiera hecho una revolución. Era monárquico ferviente, y por eso hizo la restauración en media hora en Sagunto. Y aquel hombre tan importante y tan indispensable, que pudo haber sido altivo y orgulloso, fué sencillo como pocos, sobrio como ninguno, modesto como todos los que tienen mérito. Los honores no los quería para él, sino para sus hijos. Ni Cánovas ni él quisieron ser príncipes, ni duques, ni marqueses. El general quiso que lo fueran sus hijos, porque tenía la adoración de su familia. Su placer mayor era ejercer de soldado. Era feliz en campaña, rodeado de sus hechuras, de aquéllos á quienes hizo pasar de capitanes á generales. Con ellos rodó por los campos de Cuba aguantando turbiones y temporales, haciendo vida de soldado raso, dando siempre ejemplo, comiendo un chorizo y un pedazo de pan, fumando un cigarro de dos cuartos y cantando cualquier cancioncilla mientras iba al encuentro del enemigo. Siempre dé buen humor y siempre en el sitio de más peligro porque de su valor no dudó nadie, y sus enemigos más encarnizados han reconocido que era valiente hasta la temeridad. En Cuba, como en las Vascongadas, le divertía ir sin avisai á conferenciar con el enemigo. Más de dos