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Sánchez penetró en el cuarto de la bailarini, encontrándose con una señora desdentada, de pelo blanco y talle deformado, cuya fisonomía no recordaba haber visto nunca. Debe ser una equivocación, pensó nuevamente. Sin duda me toma por otro. Y agregó en alta voz: -Señora me han dicho que usted me llama y vengo á ponerme á sus órdenes. Usted dirá en qué puedo servirla. La mamá de la bailarina, que miraba á Sánchez con inquieta curiosidad y vivo asombro desde hacía un instante, exclamó por fin: -Pero ¡no me conoce usted? -No tengo el gusto no recuerdo no caigo- -lEn Eota! el año 68! ¡Guadalupe! ¡Lupita! como me llamaban ustedes, los chicos del Cliib Náutico El asombro pasó de la fisonomía de Lupita á la de Sánchez. ¿Cómo? ¿Usted? ¡Parece mentira! digo dispénseme usted la sorpresa la ¡Lupita! Pero... ¿cómo puede ser? Y ambos quedaron silenciosos, contemplándose con verdadera curiosidad durante un minuto. Treinta y dos años que no se habían visto! -Me encuentra usted muy cambiada, ¿verdad? Mucho! ...digo no mucho no; pero... bastante. Digo X: ÍS: yt -Tengo de usted recuerdos muy agradables. Los primeros versos iii usted escribió fueron para mí. ¿Se acuerda usted? Vaya si me acuerdo! Sánchez mentía como un bellaco. No se acordaba ni remotamente de aquel su primer delito poético. -Yo recuerdo el hecho y los versos. Y para que vea si los tengo en estima, se los voy á recitar. ¡No, por Dios! Deben ser digo son muy malos. Y Sánchez miró con cierto temor hacia la puerta, por si alguien escuchaba aquel diálogo. Doña Guadalupe se empeñó en recitar y recitó los primeros versos de Sánchez, que efectivamente, eran malitos y candorosos y por estremo primitivos. Una tímida declaración platónica y un canto á la belleza incomparable de Lupita el año 68. ¡Qué mal sonaron en los oídos de Sánchez! ¡Son preciosos! ¡Señora, por Dios! Usted merece digo merecería entonces digo Desde este punto la conversación se hizo lánguida y difícil. Ambos estaban inquietos y molestos, sin que ellos mismos acertaran á explicarse la causa, si bien Lupita conservaba la serenidad. Lupita habló de su difunto, un amigo de Sánchez, que había tenido la suerte de casarse con ella y la desgracia de morirse pocos años después de su matrimonio, dejándole una niña preciosa, la bailarina que actuaba en aquel teatro. Había llamado á Sánchez por el gusto de volverle á ver, recordando tiempos mejores, y para, rogarle que pusiera bailables en todas las zarzuelas que escribiese, al objeto de que la niña tuviera ocupación.