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fué uaa sola, aino otra y otra y muchas más la? que la siguieron. Alguaas rasaban la tierra como golondrinas de fuego; otras subían rectas hacia el cielo, y al llegar á lo alto se deshacían en estrellas más chicas de distintos colores; otras culebreaban al subir y se desvanecían con gran pompa y estrépito. -I Madre- -dijo entre admirada y temerosa, -las estrellas se caen! La madre abrió los ojos y vio que la ciudad estaba cerca de eiias. El río deslizaba sus aguas en la sombra, pero no muy lejos de la orilla la ciudad ardía en luz. Sonaban músicas lejanas cuyas notas llegaban ó se perdían en alas del viento. Los gritos de la muJtitud apagaban á veces el monótono sóa de la riada. Los cohetes llenaban de luces el espacio y estallaban como mundos que chocan. ¡Era la fiesta de la ciudad, la gran fiesta del año! El corazón de la madre se inundó de esperanza. íío gritó; quiso guardar sus ánimos para cuando estuviesen más cerca. Ei río, detenido en un remanso, caminaba lentamente, y aquella pausa la llenaba de impaciencia. -I Aprisa, aprisal- -pensaba. -j Allí está la salvación, y las aguas se paran! Pero no se paraban, no. Seguían deslizándose á lo largo del malecón, caminando hacia el puente con majestuosa lentitud. En el puente y alrededor del puente estaba todo el pueblo. S entados sobre el pretil, de espaldas al río, hombres, mujeres y chiquillos miraban algo que cautivaba su atención. En el centro del puente estaba la música, y los polvoristas disparaban desde allá millares de cohetes. -iSocoriO. -clamó la mujer con todas sus fuerzas cuando creyó que podían oiría. ¡Socorro! ¡Aquíl ¡Socorro! Pero no la oían. Su voz se perdía entre el fragor del río y el bullicio de la plebe. Ni tampoco podían verlas aunque mírase alguien, porque la deslumbradora iluminación de la ribera daba mayor negrura á la noche, que caía sobre las aguas. ¡Auxilio! ¡Socorro! -seguía gritando la madre con el vigor que da la esperanza. ¡Mirad al río! La fiesta estaba en la orilla y no había para qué mirar al río. Al estrépito de las músicas y al estallido de la pólvora se unía la baraúnda de voces discordantes del pueblo meridional que se embriaga de júbilo y desborda su embriaguez en aclamaciones y en gritos. ¡Socorro! ¡A mil ¡Socorro! Una lluvia de cohetes rasgó los aires, y el cielo se inundó de rayos de oro. clamó la multitud burlándose de su misma sencilleis. ¡Socorro! -seguía diciendo cada vez más aguda la voz de la pobre mujer. La niña abría sus grandes ojos en la sombra. Los gritos dolorosos de su madre la asustaban, y el resplandor de aquellas luces desconocidas la llenaban de admiración. ¡IVIadrel preguntó. ¿A quién llamas? Llamaba á la multitud, que es ciega y sorda. Llamaba con la voz desgarrada por un temor que la destrozaba el pecho. Temblaba, y no de frío; erguía su cuerpo y agitaba el brazo que la niña le dejaba libre, para que pudieran verla. El puente estaba ya muy cerca. Las aguas, aprisionadas en un cauce estrecho, bajaban con. mayor velocidad y violencia. Los ojos del puente las atraían, ¡aquellos ojos de abismo, abiertos ante la pobre abandonada como agujeros por donde volvía á llamanla la eternidad! ¡Socorro, sooorro! Calló un momento la música y suspendió la multitud por un instante sus gritos. Veía caer un hermoso cohete de luces multicolores, y el asombro la hacía callar. Entonces se oyó un alarido de desesperación que en el fondo de todas las almas despertó el sobresalto de algo trágico y misterioso. ¡Era un alarido de muerte! Mira- ron todos hacia abajo, y al vivo resplandor de la pólvora que estallaba en una explosión de luz brillante, vieron caer bajo el arco del puente un tronco arrastrado por las aguas y vieron que en el tronco iban dos sombras: una mujer y una niña. Lanzáronse en su socorro al otro lado del puente. Buscaron entre la espuma que levantan las aguas al caer desde lo alto, y otra vez apareció el tronco levantando majestuosamente su cabellera destrenzada como un monstruo marino que vuelve á respirar en la superficie. Acurrucada entre el ramaje, empapada hasta los huesos, con las ropas ceñidas á su cuerpecito de muñeca, estaba la niña. Nada más que la niña. A los que la salvaron les pareció que habían visto hundirse río abajo otra sombra. ¿Qué era? ¿Quién era? Llevaron á tierra á la niña. No lloraba ni parecía asombrarse al ver que estaba entre desconocidos. Una bue na mujer la quitó su repita calada y la abrigó con su mantón. ¿No venías sola, verdad? -la dijo. ¿Venía contigo tu rhadre? Y la niña contestó: -Sí, venía madre; pero ahora está en el cielo. Han venido á llevársela las estrellas. DIBUJOS DE REGIDOR LlTlS B E L L O