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n, r Í 55 RIO Se puso el sol, cesó la lluvia que había caiJo á torrentes mañana y tarde, huyeron las nubes empujadas por iin ventarrón que venía de las montañas, y comenzó una noche luminosa y eereaa. Bajo el cielo estrellado, la tierra guardaba misterioso silencio, los árboles de la vega permanecían inmóviles... La naturaleza no tenía más que una voz, y era la voz del río al arrastrar violentamente las aguas tumultuosas de la crecida con un rumor sordo y continuo como el tropel de un ejército que se acerca haciendo temblar la tierra. Flotaban en el río desbordado hierbajos, ramas muertas, árboles arrancados de cuajo, objetos sin forma que pasaban como espectros Alguna ves era el techo de una viviendadestrozada, otras veces un mueble, una puerta desgODzada. En su marcha río abajo, ahora se hundían, ahora volvfa- n á flote, deslizándose en las aguas sombrías con una marcha incierta. En medio de la corriente flotaba un árbol de robusto tronco, cuyas ramas se hundían en las ondas como la suelta cabellera de una ondina. En aquel árbol se movía algo, alguien. Había unas sombras junto á las ramas. Eran una mujer y una niña. La mujer ya no gritaba, ya no pedía auxilio. En la soledad de la noche su voz se confundía con el alarido de las aves rapaces y se apagaba con el clamor rumoroso del río. Era inútil gritar: nadie había de oiría. Una pesada somnolencia la invadía; después de la desesperación violenta y agitada vino el aplanamiento, la insensibilidad. Sujetaba á la niña con una mano, y con la otra agarrábase fuertemente á las ramas. Sus pies se hundían en la corriente, y la humedad la llegaba hasta los huesos. No pensaba ya en nada. Creía que aquel río de aguas negras tenía su término en la región de la muerte, y sujetaba el cuerpecito de la niña para no desampararla nunca, para que no le faltara el amor de la madre ni aun en el seno de la noche eterna. Había sido sorprendida lejos de la barraca, en la isleta. Quería lavar toda su ropa, y cuando pensó en volver á la orilla, ya era tarde. La niña lloraba, y ella también sentía en la garganta xm nudo que no la dejaba respirar. -ííos pondremos en un árbol- -pensó, -y cuando la corriente nos Utve pediré socorro. Ramón nos oirá desde la barraca. Y la corriente las llevó, y al ver el techo de albardín de su barraca y las dos palmeras que la daban sombra, gritó con todas las fuerzas de sus pulmones: ¡Ramón, Ramón! ¡Anda, hija mía- -dijo á la niña, -llámale tá también! Y la niña llamó á su padre y la mujer llamó á su hombre con voz desesperada, pero el río no detenía su curso; dejaron madre é hija de ver su casita y eus palmeras, hundidas en la rojiza penumbra del crepüsculo; quedó! a niña llorosa y desfallecida, y ia madre siguió cí. imando al cielo largo rato con una voz ronca que salía de las entrañas. Después llegó la noche. So aplaoó, se confundió el alma de la pobre mujer en aquella inmensidad desolada y silenciosa. -Nunca volveremos á pisar tierra- -pensaba. -Esta noche no acabará jamás. Su voluntad desfallecía, sus párpados se cerraban insensiblemente, y la frialdad del Egua traspasaba su corazón. Xo dormía, porque el cuidado de retener y abrigar el cuerpo de la niña la mantenía despieita; pero sus pensamientos eran confusos como los de un sueño, y el tiempo no tenia medida. ¿Pagaban las horas ó los siglos? lío lo sabía. Ni tampoco procuraba escuchar en la sombra alguna voz humana ó ver en la ribera alguien qne pudiese salvarlas. El mando estaba despierto para ella. Río abajo el horizonte aparecía iluminado por un resplandor que salía de la tierra. Al rumor del río desbordado acompañaba otro ruido lejano. Parecía el clamor de una muchedumbre. La niña abrió los ojos y vio cruzar por el cielo una estrella que dejaba á su paso un rastro laminoso. Y no