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los ojos, acardenaladas las espaldas por el látigo, hinchadas por los palos las plantas de los pies, y rajadas luego por la navaja del barbero para dar salida á la mazada sangre. Tal espectáculo, presenciado en la niñez, puede determinar una vocación que dure toda la vida. María de Cervellón pertenecía ya á la obra anfioitamente misericordiosa de San Pedro Nolasco. En ella pensaba de seguro cuando, llegada á laedad de agradar, los mancebos de la nobleza de Barcelona se quejaban de que ni aun volvía la vista hacia ellos. Era entonces su lectura predilecta la Vida de la celestial landgravesa de Turingia, Santa Isabel de Hungría, escrita por aquel mismo Pedro Nolasco, que había sabido ser diplomático, guerrero y fundador, y que entretenía, sus cortos ocios narrando una leyenda destinada á inspirar el pincel de Muri 11o. El f aego de la caridad y de la compasión se comunicaba al alma de María. No acertaba á salir de los lazaretos y hospitales- -existían entonces muchos, fundación de reyes y magnates, y los monasterios solían llevar aneja la hospedería, que era un hospital más para los enfermos de paso, -y lavaba y curaba á los gafos y apestados, á ejemplo de Sarita Isabel. Y cuando había vencido á la naturaleza, sobreponiéndose á la repugnancia del mal olor y de las llagas horribles, exclamaba: Ahora soy de Jesús, porque soy de ios pobres. Temperamentos activos, ajenos á la contemplación, como el de María, no suelen conocer el desmayo y la duda que á veces aqueja á los místicos puros. La acción les sostiene y conforta. Desde el primer momento rechazó á los pretendientes á su mano; quería consagrarse la humanidad que sufre, á los tristes. Quería socorrer. Vistióla fray Bernardo de Oorbera el hábito de beata de la Merced, pero sin que entrase en retiro alguno, pues todavía permaneció en su casa propia más de doce años. Ejercitaba sus buenas obras habituales, y muchas damas de Barcelona la visitaban y seguían, sin que existiese comunidad. Sólo cuando deshizo el hogar la muerte de los padres de María, reuniéronse las ya catequizadas, y quedó fundado el instituto de religiosas. de la Merced, para la redención de cautivos Era el deseo, el propósito de una vida entera. A la puerta de los palacios llamaba María para pedir limosna, y corría luego á repartirla en hospitales y cárceles. Este ejercicio es uno de los brotes de cristiandad que se han secado enteramente. ¿Quién visita hoy á los presos? Entonces era cuotidiana ocupación de los que practicaban la piedad. No existía la valla que actualmente separa al mundo penal del mundo que nunca ha tenido qué ver con los tribunales de justicia. Acaso lá noción del delito era más familiar á todas las clases sociales. El hondo abismo entre la cárcel y el mundo no existía. Lo mismo que el pobre, el preso tenía derecho á llamar á la puerta del corazón. El papel de María del Socorro y de sus hermanas las religiosas de la Merced se comprende, y se explica bien de cuánto provecho fueron como auxiliares de las milicias redentoras de Pedro Nolasco, Estas pasaban al África ó se internaban en la parte de la península, que aún señoreaban los sarracenos, y á peso de oro, ofreciendo si era preciso su libertad y su vida, sacaban de los calabozos y de la esclavitud á los cristianos. A la vez predicaban y convertían; eran misioneros y seguramente emisarios fieles y callados; observaban y traían noticias, datos, inteligencias del país ocupado por el enemigo, y que convenía á los cristianos conocer. Es humana, es lógica, esta mezcla de los intereses religiosos con los intereses de la patria. Mientras los religiosos de la Merced- -en su mayor parte caballeros, pues la obra de Nolasco, en su origen, aparece más aristocrática que popular- -van directamente á lá redención, las hijas de María del Socorro recaudan dinero, arbitran recursos y preparan en Barcelona hospedaje, cura y auxilios á los cautivos redimidos. Así se completa la obra de misericordia y de patriótica eficacia. Rodeada ya en vida de la aureola de santidad, M TÍa de Gervellón es invocada por los humildes, no sólo en la abrasada costa áfrica. na, sino en las masías del condado, allí donde era necesario su auxilio. Su intercesión obraba milagros, y los socorridos la dieron el sobrenombre que es ya advocación reconocida por la Iglesia. Cuando, después de una vida de merecimientos y heroica virtud, murió santamente María de Cervellón, preparábase en Cataluña la era más gloriosa, romántica y legendaria: la expedición de Roger de Flor y sus almogábares. EMILIA P A B D O B A Z A N 5 S, C