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(25 DE SEPTIEMBRE) A las santas y aritos de la Edad Media no se les interpreta bien sino poniéndoles en relación con el estado social, con las costumbres, con la época en que les ha tocado vivir. Porque ciertas ideas de humanidad y de misericordia, ciertas nociones de derecho natural que hoy nos parecen corrientes, y lo son, en efecto, necesitaban entonces que las proclamasen y practicasen criaturas excepcionales y magnánimas, cuya intuición, guiada por la doctrina de Cristo, se adelantaba á los tiempos y señalaba rumbo al porvenir. De éstas fué la catalana María de Gervellón, á quien el pueblo, en su expresivo lenguaje, llamó María Ad Socorro. En la primera mitad del siglo XIII, cuando María empezaba á vivir, dureza y violencia constituían la normalidad. Caracterizaba á aquella época el haberse iniciado ya el predominio del elemento cristiano sobre el musulmán en la península. La victoria memorable de las Navas señaló la decadencia del poder de los almohades; poco habían de tardar los hijos del Profeta en verse reducidos al reino de Granada. Pero la expansión guerrera del poder cristiano aún no estaba transformada en acción civilizadora. Era esa la gran labor reservada al tormentoso siglo xiv y al gloriosísimo siglo XT, cima y corona de la Reconquista, la cual no se redujo á una serie de hechos de armas, sino que realizaba un constante esfuerzo de la cristiandad española para afirmar y desenvolver su sentido propio contra la floreciente cultura mahometana. No cabe duda; fueron en conjunto los islamitas, hasta el siglo xiii y aun algo después, más sabios, más artistas, más intelectuales y más tolerantes que los cristianos. Para vencerles- -fuera de los campos de batalla- -utilizamos el corazón, la voluntad, la inspiración de los héroes morales, superiores á la multitud. Y á la cabeza de estos héroes morales, no todos canonizados, figuran ios santos, que encarnan en sus hechos las ideas fundamentales de la civilización cristiana, llamada á sustituir á la de nuestros invasores. El claro- obscuro es distintivo de la Edad Media: la sombra era densa, negrísima, -la diante y pura hasta el deslumbramiento la luz. Al lado de una nobleza que no había perdido sus hábitos de rapiña; de un clero que arrancaba protestas á las almas rectas y continuas quejas á los Papas; de un pueblo fanático é ignorante, aparecían astros de amor y de caridad como San Juan de Mata, San Pedro Nolasco, Santa María de Cervellón, y alrededor suyo las tinieblas se disipan: son realmente luceros de la mañana. Cuando nació María de Cervellón contaba unos cuarenta años Pedro Nolasco, y era precisamente la fecha en que la Santa Sede había aprobado su orden de la Merced para la redención de cautivos cristianos. Igual objeto se proponía la de Trinitarios, establecida desde fines del siglo XII por San Juan de Mata. Como San Pedro Nolasco, María de Cervellón podía alardear de muy preclaro linaje. Los que habían de ser sus padres, desconsolados por no tener sucesión, acudieron al Santo, y le arranearon la promesa de que su unión sería bendecida. Poco después nació una niña, que, dicen las crónicas, desde los cinco años se asoció á la idea redentorista. Esa edad contaba efectivamente cuando el ayo de D. Jaime el Conquistador entró en Barcelona con una reata de ciento noventa y dos cautivos sacados de las mazmorras de África; y seguro de la hospitalidad de la noble casa de Cervellón, allá los llevó para que los infelices fuesen atendidos y bien tratados al pisar tierra cristiana. María no se cansaba de estar con ellos, de cuidarles. La impresión debió de ser profunda, grabándose en su fantasía infantil. Vendrían los rescatados con las señales y estigmas de los trabajos, amarguras y martirios padecidos en aquella cruel tierra africana; mutilados quizás, sin orejas, saltados