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NAPOLEÓN Y F. ULTON EN PARÍS De pasar una levista vuelve del campo de Marte, seguido por gran escolta y entre aplausos populares, el conquistador de Italia, el general Bonaparte. Penetra en las TuUeiías, donde un pintoresco enjambre de banqueros y políticos ¡esperan al hombre grande! All se destaca Sieyes, su buen amigo, que trae de la mano al sabio Fulton, ¡aquel inventor notable que le imprime marcha á un barco sin remos y sin velamen París ha visto entre asombros por el Sena deslizarse, coronada de humo y fuego, una diabólica nave, y algunos hombres de ciencia lenguas del invento se hacen, pronosticando una pronta revolución en los mares. 1 Mas oh de la Providencia designios inescrutables! Todo el mundo está curioso de novedad semejante, ¡todos, todos menos uno ¡el general Bonaparte! Aquí, señor, os presento (dícele Sieyes con grave continente al primer cónsul) y permitid que le llame por su verdadero nombre, ¡al rey del vapor! cuyo arte y habilidad son notorios, y á quien debe dispensarse, en gracia de sus servicios, una protección amable. Movió la altiva cabeza, dando muy claras señales de incredulidad, el joven vencedor de las Pirámides, y murmuró sonriendo al oído del abate: No me gustan los juguetes; ¡he crecido ya bastante! Fulton se ausenta de Francia lamentando aquel desaire, y queda Sieyes corrido y tan fresco Bonaparte. Al fln, cansada la Europa del estrago del cañón y de las muchas campañas del glorioso emperador, después de aquella terrible batalla de Waterlóo logra sobre Santa Elena encadenar al león. ¡Y allí está él! pero rabiando y encendido de furor, maldiciendo á los ingleses, que sus carceleros son, viendo que se le escatima hasta el platónico honor de llamarle majestad 1 á quien casi ha sido un Dios! Oh guarida de piratas ¡oh antipática nación! ¡Tu infatigable, tu ciega rivalidad me perdió! Si hubiera hallado en mis planes medio, recurso, invención para pasar el Estrecho, para hacerme superior á tu marina de guerra ¡hoy no me viera aquí yo! ¡me vería sobre Londres triunfante y conquistador! De tal guisa se explicaba cierto día Napoleón, paseando por Santa Elena, casi á la puesta de sol, contemplando al mismo tiempo de los mares la extensión y mordiendo sus cadenas y gruñendo de rencor, cuando súbito á lo lejos claramente apareció entre bocanadas de humo la silueta de un vapor. Vislümbrala, y como herido de una mágica visión, se para, agita los brazos y exclama con ronca voz: ¡Ah Fulton, Fulton! ¡Ouán tarde vengo á salir de mi error! ¡Mié brindaste la conquista de mi ave negra, de Albiónl... ¡Te respondí con sarcasmos. y el cielo me castigó! Dice, y vuelve á su paseo, no sin llanto de dolor ¡El único que vertiera en su vida Napoleón MARCOS ZAPATA DIBUJO DE BLANCO CORIS