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de música apasionado de su voz y augurador de un futuro de riqueza, seguía su carrera artística por los telegramas transmitidos á los periódicos de la localidad. Por fortuna, había hallado á su antigua novia propicia á SUS proyectos; sus frases desoladas de cariño habían encontrado en su corazón el eco tierno de entonces. Por el pronto sólo había conseguido una promesa. Ella seguía queriéndole; esperaría á que se labrara una posición. Como él, creía en el porvenir. Oaando el joven, en un día de su santo, la regaló una cajita de cedro de fina labor Renacimiento, que la diva destinó desde luego á santuario de sus cartas, le auguró triunfos brillantes en su carrera cuando fuera conocido. Al cabo, mostrada alguna otra obra á sus adoradores, recibió un encargo de sillería en la que hizo maravillas. Llegó así á poder reunir algunos miles de reales. Pero á cada indicación suya, la diva oponía una dulce resistencia. Todavía era pronto. liada de construir sobre arena movediza. El plazo de la formal palabra impúsose al fin, y llegó aquella noche de la petición de limosna para los inundados. ¡Esa es la nostalgia del teatro, que desaparecerá con el tiempo I pensó el tallista procurando deglutir la mala impresión causada en su ánimo por la tristeza de su prometida. II El descubrimiento resultó brutal, de golpe, bruscamente, un hachazo. Fué á los dos días de la petición de limosna para los inundados á casa de la diva, á aquel piso qae parecía un museo, tan lleno de preciosidades; le abrió la puerta la cocinera, que quiso decirle algo balbuceando, y á la que no escuchó; y como siempre hacía, entróse derecho al saloncito de música. Apenas pisó el mosaico de su pavimento, se detuvo estupefacto. Se advertía allí una fuga, una huida, un viaje apresurado. Sobre un sillón habíase quedado olvidada una gaía. Del musiquero faltaban las partituras que habitualmente contenía. Trémulo penetró en el cuarto tocador. Allí la ausencia era más visible. Prendas de ropa sacadas sin duda para llevarse, y abandonadas después; cajones entreabiertos. La mesa de escribir, un lindo mueble barroco, tenía la llave puesta. ¡Abandono terrible en la precipitación de la marcha! Con mano impaciente alzó la tapa en forma de pupitre, y apareció ante sus ojos lo primero su cajita Renacimiento, regalada en una fecha dichosa. Ya sabía que encerraba sus cartas. La abrió, sin embargo, maquinalmente, y en el acto se persuadió de que no era de su letra ni de su papel el paquetito, liado con una cinta grana. ¡Oh, Dios mío! Leyó una carta, y pálido, con ojos de loco, se quedó un instante convertido en una estatua, dudando de la veracidad de sus pupilas. Después tomó otra, y una segunda luego, y fué devorándolas todas. Cuando concluyó, sentía en su ser entero algo parecido á la muerte. Era una correspondencia amorosa, sostenida con un gran duque ruso. Las primeras epístolas tenían fecha de dos años atrás, las últimas muy reciente. En éstas el ausente la llamaba con un grito de pasión: Ven, ó me muero! ¡Ah, la perjura! Y le había escuchado á él á la vez, haciendo florecer sus ilusiones, puras flores de azahar destinadas á secarse en seguida! ¿Por qué mentirle? ¿Por qué no confesarle la verdad? Escuchó ruido de pasos á sus espaldas. Guardó las cartas, cerró la mesa, y la cocinera apareció en la estancia, dándole un sobre dejado por la señorita antes de irse. Allí estaba la confesión escueta, casi borrada por las lágrima? la petición desesperada de perdón por no haberle declarado que no le pertenecía; la noticia de que marchaba á Moscou á desposarse con un oficial de la guardia, á quien idolatraba, y al que debía palabra de matrimonio. Kl pobre tallista acabó la lectiira y permaneció desolado y sin aliento. La tardía declaración caía sobre su cabeza como el rayo, que no es esperado nunca y mata de improviso. III Amaneció muerto en su cama, estrechando una cajita de finas molduras contra su pecho. El láudano recetado por el médico estaba apurado de una vez. La patrona fué la que se le encontró así á los tres días de enfermedad. Sobre la mesa de noche hallaron una carta escrita, en la que sólo se leían estas palabras como explicación del suicidio: No puedo resistir á un desengaño. 1 Se resigna uno cuando despierta de un sueño; pero no cuando cae de él! ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE MÉNDEZ líRINGA