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Don Fermín Mediodiente, labrador ricachón é independiente, era el cacique más absolutista que en el m u n d o se echó nadie á la vista. Llegaba la elección del diputado, y el que era de su agrado triunfaba, aunque el distrito se opusiera, porque siempre encontraba la manera d e encarcelar á cuantos electores no se mostraban favorecedores de sus planes, más propios, ciertamente, que de un hombre decente, de esos seres que abundan en España de torcida intención y mala entraña. Pues bien; este señor, queriéndoselas dar de protector, visitaba la escuela del lugar, y al niño que sabía contestar á las preguntas que el maestro hiciera, le premiaba de espléndida manera. De historia y geografía fueron examinados cierto día, respondiendo los niños cuerdamente; m a s don Fermín, mostrándose impaciente, dio á entender, en u n tono destemplado, que ninguno debía ser premiado. Oyólo u n pequeñuelo, nuevo diablo coj uelo en lo listo, sagaz y descarado, el cual, considerándose agraviado, al maestro le dijo: -Pregúnteme usté á mí, porque de fijo le voy á r e s p o n d e r con tal fortuna, que el premio he de ganar sin duda alguna. ¿Quién descubrió las Indias del Oriente? -ü D o n Fermín Mediodiente! -iMagniíico! -el cacique replicó. Déjeme usted que! e pregunte yo- ¿Quién es el h o m b r e al cual Europa entera por su talento colosal venera? ¡Que era Bismarok decían, pero al fin se ha descubierto ya que es don F e r m í n! ¿Quién ganó la batalla del Salado? -Que ha sido don Fermín está probado. ¿Quién hizo el mundo, niño? ¡Eso es corrientel. i Don F e r m í n Y con este descaro, de este modo, á d o n F e r m i n lo atribuía todo. Por lo cual el cacique, enternecido, le regaló u n vestido y ofreció costearle la carrera que el muchacho eligiera, tildando, en cambio, al resto de los chicos, de ignorantes, de necios y borricos. La fábula ya sé que no es graciosa; pero prueba una cosa: que todo adulador desvergonzado tiene su porvenir asegurado. ToM. is LÜCEÑO DTRUJO DE XAÜDARÓ