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Y al otro día vuelta á presentarse el médico galopando gallardamente y trayendo otra vez pomadas y jaropes. Estas visitas de ida y vuelta duraron la friolera de veintidós días, al cabo de los cuales una mañana, al entrar el médico en la casa, se encontró á Domingo y á siete ú ocho mujeres de la vecindad dando unos berridos de dolor horrorosos. La Dorotea había tenido la precaución de morirse, á pesar de tanta visita y tanto caballeo. El médico dijo que le chocaba muo- ho; Domingo, dando tregua á su dolor, le puso como un guiñapo, y el doctor, montando en su jaco, dijo que ya volvería por allí cuando los ánimos estuviesen más tranquilos. Enterraron á la mujer, se la dijeron sus buenas misas, volvió el marido á su trabajo y comenzaron de nuevo las hablillas del pueblo. ¡Lo que le va á costar! -decían unos. -Ya puede ahorrar dinero otros cinco años, -añadían otros. Y Domingo, que les oía, iba diciendo para su capote: Eso ya lo veremos. II Y he aquí que una tarde mi buen Domingo, que estaba sentado á la puerta de su casa, vio aparecer á lo lejos un bulto que fué acercándose y agrandándose, y que resultó ser el médico de madras. Llegó á la puerta de la casa, bajó de su penco y dijo: -Buenas tardes, Domingo. -Buenas tardes, señor doctor, y bien venido. ¿Cómo va ese ánimo? -Pues ya va un poco mejor, gracias á Dios. -Mucho me alegro, y aquí le traigo á usted la cuenteoita de los honorarios y de los medicamentos administrados á la pobre Dorotea, que en paz descanse. ¿Y cuánto importa todo ello, señor? -Pues para que sea cuenta redonda, le he puesto á usted por todo cuarenta duros. Domingo le miró fijamente, y como quien toma una resolución dijo: -Entre usted, pase usted adelante. El doctor entró en la casa; Domingo cerró la puerta, abrió un armario, del que sacó un taleguillo lleno de monedas, exclamando: -Aquí está la cantidad que usted me pide, pero antes de liquidar nuestras cuentas me va usted á responder, como hombre honrado, á dos preguntas. -Contestaré con toda lealtad. ¿Usted no curó á mi mujer, no es verdad? 5 1 aii á y t í- 7. -No, señor, no la curé; no tenía remedio. ¿Luego usted la mató? S ÍM -No, señor, tampoco la maté; se murió i porque tenia que morirse. Z ¿De modo que ni la mató ni la curó? -Eso es. Pues entonces- -exclamó Domingo abriendo la puerta y echando al médico á la calle á patadas- pues entonces no le debo á usted nada! EusEiHO BLASCO J HK DIBUJOS DE REGIDOR