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LA CUENTA DEL MEDICO Allá en un pueblo de Galicia vivía un pobre labrador con su mujer, el chico y la vaca. Era muy pobre, y á fuerza de trabajar y de ahorrar, pasándolo muy mal, lograba economizar cada año, sobre poco más ó menos ¿cuánto dirán ustedes? Pues cuatro duros! Poco dinero es, se me dirá. Pero en aquel rincón del mundo, veinte pesetas es una cantidad importante, y donde nadie tiene nada, el vecino que tiene cuatro duros ahorrados es tan personaje en su aldea como Eostchild en París. Sobre todo en un pueblucho como aquél, que sólo cuenta cuarenta habitantes y algu; nos marranos, con perdón sea dicho. Es un pueblo sin cura y sin médico. Así es que cuando se le murió el hijo á Bitmingu, que así se llama el protagonista de esta historia, no le dio tiempo al padre para ir á buscar al doctor á la cabeza de partido. El muchacho se puso malo por la tarde, empezó á hacer visajes por la noche, y á la madrugada estaba más muerto que Noé. Algún perjuicio le hizo esto á Domingo entre sus convecinos, los cuales decían que así que vio al chico malo debió haber ido corriendo á buscar al que podía tal vez haberle curado. A esto respondía el padre que desde la aldea hasta la residencia del doctor había más de tres horas, que el ir y venir costaba dinero, y que el médico, por ir á caballo ó en coche á visitar á tanta distancia, llevaba un duro y á veces dos. Y por último, que aunque el módico hubiese venido, ya se hubiera encontrado al chico de cuerpo presente. ¡Pero vaya usted á tapar la boca á los vecinos de un lugar tan pequeño, sobre todo cuando se trata de desacreditar á un hombre que tiene la suerte de ahorrar cuatro duros al año 1- No me volverá á suceder- -decía Domingo á su mujer; -lo que es si tú te pones mala, médico tendrás, yo te lo aseguro! Y siguió trabajando y guardando cuartos durante cinco ó seis años, llegando á reunir al cabo de ellos la respetable suma de cuarenta duros, y causando la envidia de todo el pueblo. iPero no hay dicha completa en este mundo! y los que le tenían envidia supieron un día con satisfacción, porque la gente de los pueblos es muy mala, que la Durutea, mujer de Domingo, tenía calentura. Un pariente del matrimonio rico se asomó á la puerta de la casucha y dijo con la más mala intención posible: ¿También te la vas á dejar morir? -Hombre, no está tan mala como para ir corriendo á tres horas de aquí; si se empeorara esta noche, veríamos.