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llevaban, emprendieron la marcha por el monte en busca del vil conejo, al que los de L a Góríi, ola. Azv, habían declarado guerra á m u e r t e Tal era el entusiasmo, que á uno de los expedicionarios, al cambiar de mano la escopeta, esoapósele el tiro, salvándose mil grosamente el compañero que iba detrás, por lo que se! e condenó al mal cazador á marchar siempre el último por si se repetía el suceso. Caminaron buena parte de la t a r d e sin e n c o n t r a r ni u n modesto conejo que se dejara fusilar; los expedicionarios se miraban unos á otros como diciéndose: Me da el corazón que así vamos á estar toda la r tarde Acordaron colocarse cada uno en u n puesto j esperar, arma al brazo, el paso del enemigo, sin ningún resultado; los conejos, induda blemente, como día festivo, se habían ido de paseo. H u b o quien p r o p a s o dejar tarjeta en las madrigueras, para que por lo menos supieran á su regreso que los de La Góndola Azul Habían estado en el m o n t e y hubo quien, cansado de e s p e r a r se echó á dormir tranquilamente á la sombra de unos c h a p a r r o s Pero como todo en este m u n d o y tiene su compensación y el que la sigue la mata, á los pocos m o m e n t o s el dependiente que estaba en el puesto de al lado vio cómo los conejos corrían p o r encima de su compañero, que seguía imperturbable su tranquila siesta. -Este es el momento- -se dijo nuestro hombre- -para que yo quede mejor que nadie; -y disparando, mató al pobre perro que le había prestado el parroquiano de La Góndola Azul, y que le quería más que á su propia mujer, aunque, según decía, era muy perra. Al oir el disparo llegaron los d e m á s cazadores, suponiendo que había caído pieza; pero ¡oh dolorl se encontraron con los restos del fiel perdiguero. Pues así y todo, fué lo único que m a t a r o n aquella t a r d e los dependientes de La Góndola Azul. ¿Cómo volver á Madrid sin haber matado un conejo? ¡Ellos que habían prometido numerosa caza á las parroquianas de la mercería! No h u b o más remedio que acudir al guarda y comprarle los conejos que había m a t a d o antes de que llegaran los de La Góndola Azul. Cuando emprendieron el regreso, todas las alegrías de la víspera se habían disipado. No sólo volvían á Madrid sin h a b e r cazado una pieza, sino que más de uno de los expedicionarios tuvo que venir en una camilla, y no faltó quien aprovechando que el camino del monte h a s t a la estación era cuesta abajo, se echara á rodar como una pelota, por no p o d e r s e tener en pie. Los mismos perros, con iguales collares, volvían mustios y cariacontecidos, como sintiendo la plancha que habían hecho sus amos los dependientes de La Góndola Azul. Pero eso no fué obstáculo para que al día siguiente, cuando abrieron la tienda y entraron las parroquianas deseosas de saber el resultado de la expedición, les faltara el tiempo- á los dependientes para decirlas lo que se habían divertido, asegurando formalmente que no habían dejado ni un conejo con respiración. D I B U J O S DE XAUDARO LUIS GABALDON T HC f iH