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Los dependientes del comercio La Góndola Azul, mercería y sedería, organizaron una partida de caza en El Cantueso, un coto magnífico, propiedad de D. Atilano, dueño de La Góndola Azul. No se habló en el establecí miento de otra cosa durante la semana, y las muchachas de la vecindad que entraban por una gruesa de botones ó por agujas del 14, y que estaban al habla con los dependientes, suspiraban ante la idea de la partida. I Mucho cuidado, les decían muy amedrentadas; mucho cuidado con las armas de fuego, que dicen que el diablo las carga! y no faltaba quien f A sacara de Ja trastienda una escopeta para apuntar á las parroquianas, I I que gritaban despavoridas: ¡Baje usted eso, hombre I Vaya una gracia! Y los dependientes celebraban la agudeza de su compañero. Llegó el domingo, día soñado por los de La Góndola Azul, día de libertad. Antes de que rompiera el alba, la mayor parte de los cazadores asomaban las soñolientas caras detrás de los cristales del balcón, husmeando el día. En la estación se reunieron en pintoresca caravana, llevando en su mayoría escopetas procedentes del Monte de Piedad y de Las Amóricas. Los perros eran alquilados ó cedidos por algún parroquiano de La Góndola Azul. Los dependientes invadieron un coche de tercera, en unión de los perros, no faltando quien en el colmo de su ardor venatorio quisiera cazar desde la ventanilla, confundiendo á un peón caminero con un jabalí. A las pocas horas llegaron, y según les había dicho su principal, el monte estaba cerca de la estación. Y efectivamente; en cuanto preguntaron á un guarda, les dijo que estaba á la vuelta del camino; pero por lo visto aquel camino no tenía vuelta, porque después de andar con la lengua fuera y las escopetas caídas cerca de quince kilómetros, todavía no se divisaba El Cantueso, punto final de la jornada, llegando con los cuerpos molidos, aspeados por el cansancio, después de un incidente que pudo comprometer la expedición, y fué que al pasar por una casa de campo en la que veraneaba una familia de Madrid, vieron los cazadores, con el asombro natural, una hermosa pantera que asomaba detrás de la tapia. Esto es caaa mayor, dijeron, i Y nosotros que no traemos escopetas apropósito! ¡Y pensar el destrozo que habrá hecho en esa casa! No hay que apurarse exclamó el más intrépido. Y echándose la escopeta á la cara hizo fuego, siendo aclamado por los compañeros, que lo levantaron en hombros cuando vieron á la pantera muerta; pero ¡cuál no sería la sorpresa de los expedicionarios al ver la cara de un criado de aquella casa, que pretendía cobrarles la piel del hermoso animal! Entonces comprendieron la plancha: pidieron mil perdones, y se alejaron cuesta arriba, haciendo alto cuando llegaron al Cantueso. Repuestos del susto y del hambre con las provisiones que