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Sí, queridos lectores; puede darse mucho tono el feliz mortal que no tiene que aguantar las pejigueras del vecino de abajo, ó los golpes que á lo mejor le da el de arriba encima de la cabeza, ni se ve privado de levantarse á media noche, si se le antoja, y recorrer su vivienda cantando el himno de Riego, acompañándose, como parece natural, con una regadera. En cambio, las casas de vecindad son terribles. A través de las paredes entéranse los vecinos de las conversaciones más intimas, origen de no pocas murmuraciones; se molestan si las criadas pasan todo el día enjuagándose la boca con la jota de los repatriados si la señorita aprende el piano forte, ó el señorito estudia el trombón (más forte todavía) si los niños de al lado arman descomunales batallas, si la ropa tendida escurre por arriba ó el vecino filarmónico suena por abajo. De todo esto se hallan libres los afortunados moradores de construcciones aisladas, y durante mucho tiempo han estado causándome la envidia más profunda. Pero al ñn he visto que no es oro todo lo que reluce y que en materia de hoteles los hay de todas castas. Algunos sujetos vanidosos llaman hotel al edificio que ocupan, y que no pasa de ser una ratonera barata. Mi amigo López, sin ir más lejos, se da el primer pisto porque vive en un hotel; pero ahora van ustedes á juzgar si para decir que lo prefiere á una casa de vecindad no necesita todo el desahogo que tiene. Y al decir desahogo me refiero á su desfachatez personal, no á la amplitud de la finca. ¡Valiente choza tísica se ha procurado mi amigo I ¡Cuánto mejor vivía en su cuartito de la calle de Válgame Dios, á pesar de no tener más agua que las goteras, ni más ascensor que la portera cuando se encontraba con fuerzas para subir en brazos á los inqnilinos 1 Ante todo, el hotelito en cuestión proporciona á su dueño una deliciosa temperatura, salvo que en el invierno hasta se les hielan las narices á los picaportes, y en verano se convierten los tabiques en tostadas, ora de arriba, ya de abajo, según el piso en donde están; la pintura amarillenta que por ellos escurre con la fuerza del calor semeja á la manteca, y el tos- tado se le proporciona un sol de justicia, pero sin gracia, que los está azotando hasta bien entrada la noche. Cuando López me participó su cambio de domicilio, quedé sorprendido; porque no me cabía en la cabeza lo del hotel. Pero después de verlo, ¿no ha de caberme, si todo aquello cabe en cualquier parte? Aquello es una modesta garita con dos pisos ó una jaula para un mono, dicho sea sin ofender á López. En fin, si será estrecho el hotel, que un catre completo no cabe en ninguna de las habitaciones, y es preciso repartirlo entre el piso de arriba y el de abajo. Y no es lo reducido de su tamaño lo que más me choca: es la poca solidez de sus argumentos (llamémoslos así) Aquellos cimientos deben de ser de guayaba, y aquellos muros están pidiendo, no escayola, sino aceite de hígado de bacalao para contrarrestar su debilidad natural. Los dos pisos del edificio están en comunicación por medio de una escalera de caracol notabilísima y con unos nervios tan excitables, qiie lo mismo es sentir en sus peldaños el contacto de un pie derecho (ó izquierdo, según la costumbre del que suba) se estremece la indina de arriba á abajo y no cesa en su peligroso balanceo sino á fuerza de prolongadas reflexiones. Por supuesto que, dada su estrechez, no cabe por los escalones más que una persona, y no muy bien alimentada. Respecto á la altura de los techos, más me valdría no hablar, i Cómo serán de bajos, que para quitarles el polvo tiene la criada que ponerse en cuclillas! Un día fué Vital Aza á visitar á López, ¿y saben ustedes lo que tuvo que hacer? Entrar en dos veces: una por la mañana y otra por la tarde. ¿Pues dónde me dejan ustedes lo que llama su jardín el buen señor? Realmente se hallan amazacotadas las plantas para que el terreno resulte bien aprovechadito, y llévenme los diantres si en él pude ver nunca más que un rosal, tres lechugas y una enredadera que principia en el quicio de la puerta, da dos vueltas á un farol japonés y concluye en la criada, que es de Almagro. No quiere López confesar que vive en su hotel como el jamón en el emparedado ó como el paraguas en su honrada funda; pero estoy seguro de que el día en que baje mi amigo á la tumba fría, dentro de su estuche correspondiente, exclamará: ¡Gra cias á Dios 1 ¡Ahora sí que voy á estar ancho! Nada, lo dicho: para vivir en un hotel como el de López, vale más que diga uno que vive en la plaza de Colón y pase, efectivamente, las noches en cualquiera de los bancos que bay allí. Sí, mis queridos lectores: lo primero es respirar. JiJAX PÉREZ ZÚA IGA