Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Rápidanieiili- i brevenía) i noi i consejera (K- l i i i m i lu noches más, -duiaute ia cuales David se abismaba en su pecado, esperando de un modo cciniiwi. i hora del arrepentimiento. -Pri cmuí i.i aparición de la conciencia, el descenso del ángel, y el ángel no llegaba para David: su pecado yacía hondo en su corazón, arraigado allí, fijo á manera de saeta en la herida. Ni la ciencia arcana que había de recibir andando el tiempo Suleimán (á quien llamamos Salomón) podría explicarlas causas de la perseverancia en el amor, fenómeno extraño que induce fatalmente á un ser hacia otro ser. David no sabía ya vivir sin la esposa de TJrías el Hfeteo, el mejor oficial, el valiente compañero de armas. Si aquella mujer hubiese pertenecido á un enemigol David, estnmeciéndose, pensaba en las sugestiones del miedo de la favorita, en las súplicas tiernas é insinuantes como silbo de culebra entre las rosas del valle de Jericó. No desmayaré murmuraba; pero la idea del engaño y del crimen iba ya deslizándose en su alma, impregnándola de veneno. Urías estaba sentenciado El sentimiento más generoso y bello que crea la vida militar; el leal compañerismo, le gritaba á David: Vas á cometer la mayor de las infamias. Y á sabiendas, David, el de la conciencia despierta, el gran arrepentido, el que sentía incesantemente la tremenda presencia de Eloim- -Jehová por el olor de unos cabellos de mujer, envió al capitán Urías, uno de los treinta gihores ó valientes, bajo los muros de Rabat- -Amón, con mensaje cerrado para el general Joab; en cumplimiento de la real orden, Urías fué puesto á la cabeza de un destacamento que á toda costa debía entrar en la ciudad; y habiendo obedecido Urías ansioso de victoria, su cuerpo quedó tendido al pie de la muralla, bañado en sangre. En los oídos de David, llenos de la voz acariciadora y ambiciosa de Betsabé, sonaba entonces otra voz espantable, la del vidente Natán, por cuya boca hablaba el Señor. Trémulo, en brazos de la favorita, de la que ya era su esposa, el rey se humillaba ante el airado anatema, la maldición fatídica: Porque hiciste lo malo en mi presencia, no se apartará espada de tu casa, y sobre tu casa levantaré el mal Áh, todo, todo por aquellos negros buclesl Al evocar las palabras del vidente, David exhalaba un gemido doloroso y se despertaba, empapadas las sienes en sudor fíío. Miraba alrededor con extraviados y atónitos ojos, y reconocía el lugar, aquel doble recinto fortificado de Mahanaim, tétrico y ceñudo, donde sólo resonaban los pasos del centinela, y se escuchaba á trechos el alerta gutural del vigía. ¿Sin noticias aún? ¿Qué sucedía allá en la selva de Efraim, donde desde la hora de la mañana luchaban las fuerzas del rebelde Absalón con las de David mandadas por Joab? ¿Qué estragos hacía la espada cruel, nunca apartada de su casa y linaje, según la profecía? -De súbito, un clamoreo allá á distancia, una algazara inrhensa: confundíanse con el trotar de los corceles el cliqueteo de las armas, el estrépito de la infantería hiriendo la tierra con el duro calzado militar y empujando á los cautivos entre alaridos de muerte y gritos de cólera, el mugir de los bueyes que arrastraban las carretas del botín, -todo lo que al oído experto del guerrero suena á triunfo. David se incorporó, pálido y espantado; la guarnición de la plaza acudía con teas ardiendo, y el primer mensajero caía á los pies del rey, sin aliento, ahogándose. Alabemos al Señor tartamudeaba. Deshecha la rebelión, pasados á cuchillo tus enemigos ¡Gloria al rey I Arrojándose sobre el emisario, David exclamó furiosamente: ¿Y mi hijo? ¿Y Absalón, mi hijo, mi heredero, el príncipe real? No hubo respuesta. Otro emisario llegaba jadeante, loco de júbilo. El Señor ha confundido á los que te querían dañar. Y Absalón, el rebelde, el desnaturalizado Absalón, suspenso entre el cielo y la tierra, colgado de las ramas de un terebinto, ha recibido en el pecho muchos dardos. Dicha tuya ha sido, oh rey! que los hermosos cabellos del príncipe, todos impregnados de esencia, se enredasen en las ramas y le detuviesen. A no ser por los negros bucles, que caían como inaduros racimos de vid á lo largo de la espalda tu enemigo se hubiese salvado; tan ligera iba su muía Y el emisario calló, porque el rey acababa de desplomarse en tierra arañándose desesperadamente el rostro y sollozando: ¡Hijo, hijo mío I s EMILIA PARDO BAZAN DIBUJOS DE MÉNDEZ BIUNGA