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dér, y le amamos; le amamos sin cálculo, buenamente, santamente, con la espontánea ternura que florece en la juventud. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Lo justo sería asociarnos inmediatamente á la vida de aquel ser, mezclarnos en sus costumbres, invadir su intimidad, pero se oponen á ello mil razones que todo el mundo respeta. Y la persona amada, la que nos desperezó el alma cuando vegetábamos en la indiferencia, la criatura preferida que acaso nos hubiera hecho felices á vivir cerca de nosotros, echa por otro camino, se nos va, se nos escapa. Somos como viajeros que cambian de línea en cada estación para no encontrarse nunca. Y en los ratos de recogimiento, que son como el novenario que se impone al alma por la muerte de algo querido, lloramos á solas sobre la felicidad entrevista y frustrada, sobre nuestros fugitivos ensueños Como las dos damas se dispusieran á salir. Oliverio Montoya se aproximó á la puerta so pretexto de conversar con el dependiente, que estaba ocupado en restablecer el orden en los rimeros de novelas que había deshecho la señorita. -iQuién es ese ciclón con faldas que se les ha metido á ustedes en la librería? preguntó en voz baja al empleado. -La condesa de X. Es bonita, ¿verdad? Oliverio Montoya prefirió callar antes que el dependiente entreviese en una respuesta demasiado viva la impresión que le había producido la gentil muchacha. Era discreto y reservado ó incapaz de fiar á nadie coiifidencias del corazón. Limitóse á inclinar la cabeza en señal de asentimiento, y se abstuvo de emprender otras pesquisas acerca de la damita. Viendo que ésta y su acompañante se aproximaban, Oliverio Montoya quiso, porque no le sospecharan curioso y entrometido, justificar su entrevista con el dependiente. Paco- -le dijo en voz alta, ¿me hará usted el favor de pedir á París L Amitié Amoureuse? Es un libro que leí, presté y no me lo han devuelto. Se lo atribuyen á una linajuda señora parisiense que tuvo amores con un escritor. Es libro confidencial, tierno y muy mundano La condesita, picada de curiosidad, se interesó por el libro. 1 -Pídalo usted para mí también, dijo sencillamente aproximándose al grupo que formaban el dependiente y Oliverio Montoya. A- quella recomendación petitoria que coincidía con la suya, produjo en el joven, no el vano placer del que ve compartidos sus gustos y sus aficiones, sino la íntiiüa y secreta satisfacción del que imagina haber sem brado algo suyo en el alma de la mujer preferida. ¿Sería aquello fatuidad? Oliverio Montoya, que era sincero hasta en reconocer sus propios defectos, atribuyó á su emoción más j I puro y desinteresado nacimiento. S e n t í a s e í ufano de haber influido, siquiera fuese temporalmente, en los gustos literarios de una dama hermosa y distinguida; de haber despertado una curiosidad espiritual en aquella cabecita gentil y frivola que acaso no viese más en los restantes días de su vida. ¿Sería aquel libro un vínculo, el nexo de dos simpatías, de dos recuerdos sentimentales? -Cuando lo lea pensará en mí, se dijo Oliverio Montoya con ingenuidad. Y una vez leído aquel libro cuyas páginas transpiran la serena amargura de unos amores que desenlazó la muerte, me deberá una emoción, y quizás me otorgue una palabra de reconocimiento, murmurada á solas y en silencio Cuando Oliverio Montoya se despidió del librero, hacía minutos que había arrancado el coche que se llevaba á la condesita. En el tumultuoso vaivén de vehículos y personas, el joven acertó sólo á distinguir, allá lejos, la pluma de un sombrero, que ondeaba el aire con gallardía victoriosa. MANUEL BUENO DIBUJOS DH ESTEVAN