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EL LIBRO DE LA CONDESA Bisus et dolare miscebitur. Sus manecitas enguantadas pasaban con agilidad de un rimero á otro de libros, desdeñando los ejemplares, sin haberse enterado aún de lo que rezaban las cubiertas. Oliverio Montoya, que estaba cerca del mostrador, atento á lo que hacía la muchacha, halló divertida y pueril aquella pretensión de adivinar el contenido de un libro por el mero tacto de las manos. Es curioso- -pensó- -ese procedimiento de sondar con los dedos en el alma de cada escritor. Luego sus ideas tomaron otra orientación. iQué primor de criatura! ¡Qué bonita y qué distinguida! Y la contempló un rato con la ensoñadora codicia que despierta el sor femenino en ciertos hombres. La admirable proporción de sus formas revelábase en el talle grácil y flexible. Era alta, ligeramente morena, con ojos obscuros de vivo mirar, nariz. coi- b jid MK. j- ie- j M u- j rrecta y una boca hecha. para deft- f B M ¿j v jir cir desdenes. Vestía con airosa 4 ff ¿1 j t i f I modestia hábito del Carmen y, un í A ¿f J I 1 M: -j. j i í- sombrero á la moda, limpio de requilorios y cintajos. En suma: un primor de mujer y un dechado de buen gusto. ¿Te decides por algo, Dolo res? preguntóla con familiar impacienpia una señora que estaba conversando con el dueño de la tienda. -No; por hoy, no. Lo; que he visto no me gusta. Otro día veré las novedades. En aquel punto, uno de los rimeros de libros, el más cargado, se vino abajo con entrépito. Pareció como si las almas de los novelistas que habían escrito aquellas páginas t a n ingenuamente desdeñadas por la señorita, hubieran querido protestar. Bpurget, Daudet, Trance, Loti, D Ann u n z i o y Maupassant debieron deplorar desde las entrañas de sus libros el no haber pe netrado en los gustos de aquella damita que juzgaba de las novelas por el tacto. Oliverio M o n t o y a no quiso marcharse mientras las. dos mujeres no le precedieran. La más joven, bonita y distinguida, gallarda y frivola, le interesó de veras. No, se sabe qué misteriosa entrada franquea una mujer para acaparar en pocos minutos el alma de un hombre. Se encuentran los ojos, se invaden mutua meiite los pensamientos respondiendo a ú n mismo deseo, se aproximan los corazones, y el milagro del amor se afirma. ¿Cómo? ¿Por qué? Nadie lo sabe. Vamos á ciegas por las encrucijadas de la vida, implorando simpatías, ávidos de calor fraternal. De vez en cuando el destino, que parece, por lo burlón, el Aristófanes de la eternidad, nos depara el encuentro circunstancial de un.