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ALMUERZOS ULTIMA MODA sí corao la gente del pueblo tiene su orazoneito, según Bicardo de la Vega, la gente elegante tiene también sus aciertos y entiende de refranes, ó por lo menos practica aquel que dice: Que cada cosa en su tiempo etc. etc. A pesar del calor, es cosa agradabilísima tener á la mesa á varios amigos (no muchos) y charlar con ellos de cosas vagas y amenas que permitan saborear como se merecen los bien condirhéntados platos; pero, según la moda, por esta vez lógica, ese placer ha de procurárselo el anfitrión invitando á sus comensales para un sencillo almuerzo, no para una solemne comida. Y quiere también la moda, que impera en todos los países cultos, que á esos almuerzos se invite á muy poca gente. Más de doce invitados jamás, y aun ese número nos parece ya excesivo. Pongamos ocho personas contando al señor y á la señora del hotel. Los platos del almuerzo han de ser más notables por su calidad que por su cantidad. Arte selecto con apariencias de cocina sencilla; nada de transformaciones complicadas: lo mejor de lo mejor, exquisitamente condimentado. A estos almuerzos elegantísimos deben de asistir las señoras con el sombrero puesto, según la moda inglesa. Hablemos del decorado de la mesa, punto principalísimo para Jas personas que saben comer como Dios manda. En el extranjero está haciendo furor el siguiente procedimiento: Figúrense las lectoras una red de heléchos. de gramíneas, de hierbas locas, que conservan p toda su frescura gracias á ciertas artes que conocen en Madrid los comerciantes de flores, sujeta entre dos grandes cristales, cuyos boríX des siguen tod os los contornos de la mesa. ¿No es convertir ésta en un prado? n. Sobre el cristal superior se colocan cubiertos, i- copas, botellas, etc. pero pa, ra amortiguar el ií. LÍ. desagradable ruido de la vajilla chocando en el V cristal, colócanse ligerísimos platillos de junco, que soportan las finísimas copas y las indispensables botellas. En él centro de la mesa, una corbeillemMy baja, también de hierbas silvestres con algunas fiores i i; del campo, y la ilusión de almorzar en un prado i- f, il. i i H 1 ó en ua bosque es perfecta. V Por esta vez no podrá decirse que la moda f- i busca otra cosa que la sencillez pastoril, tan ala- f- i y- i bada por los que nunca participaron de ella. Volvemos, pues, á los tiempos de Waieau; y si la dueña de la casa sabe ser refinadamente ele i í gante y el cocinero logra ser refinadamente inspirado, cada uno de estos almuerzos sobre la verde hierba fresca entre los dos cristales, rej- sultará un verdadero poema bucólico de lo más smart que soñó Anacreonte. Í; Í: m 1 mi r t MESA COMEDOR