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simos; ios trenes rompen la caropifia con su estruendoso ondular y entre la salvaje armonía de estos rumores, álzase triste, como la vocecita del niño enfermo, el son pausado y melancólico del esquilón de la iglesia, que llama al pueblo á la primera misa. El aire fresco despierta al manijero, que duerme sobre un montón de gavillas. A sus voces salen del i sueño los segadores, que sin perder tiempo y cuidado en lo que al vestir atañe, presto están sobre las armas apercibidos para el trabajo. Calada la manija ó dedil de cuero que atan al brazo izquierdo, empuñada la cortadora hoz, dirlgense á la barrera rubia que forma la mies, y doblando los espinazos, cogen con una mano puñados de cañas, que corta el corvo instrumento que con la otra esgrimen. La línea de segadores hácese irregular y tortuosa: es que los que siegan más, se meten abriendo golfos por el sembrado. Detrás de aquéllos, quedan montoncitos de mies que han de atar en haces con cañas de trigo torcidas y humedecidas á veces en la boca del cántaro. Unos segadores cantan, otros charlan, sin dejar el trabajo; el fresco les anima, el olor de las espigas les alegra y fortalece. Poco á poco el calor del sol se va extendiendo por la atmósfera, envolviendo la tierra en su inmensa llamarada. La fatiga acalla las conversaciones, los brazos se cansan, las fauces se secan no se oye más que el rifraffáe las hoces cortando cañas y el roce rumoroso de las espigas. De pronto los hombres se alegran y algunos sueltan la hoz en el rastrojo; oyen el son de una campanilla y el cantar de un muchacho, que á poco aparece cabalgando en los lomos de pacífica burra, entre dos grandes cántaros de arcilla blanca. Presto los descargan, y antes de que calme la sed el último segador, el cántaro yace con la panza hueca sobre un haz de trigo recién cortado. Ya el sol anda muy alto; la atmósfera azul se torna deslumbrante, el aire se dilata, los pájaros se acogen á la sombra de los árboles, buscando la frescura de los arroyos y las fuentes; las tórtolas vuelan por encima de los sembrados secos, allá hacia los pinares, hacia los mimbres sólo las cigarras siguen lanzando su estridente cántico, bañadas en los rayos de fuego que se filtran por los olivos. La voz del manijero llama al almuerzo: en pocos minutos dejan limpio el barreño en que volearon la olla que, hirviendo aún, trajo el zagal de casa del v amo metida en un capacho del serón, y lleno el otro de panes tiernos y sabrosos. Tumbados en las gavillas fuman el cigarro, y vuelven á la tarea doblánii -c é irguiéndose, cortando y tendiendo sin parar hasta la siesta. El muchacho del agua va y viene sin darse reposo, y el I sediento, saca un palmo de lengua é infla los costados; el r ni lie ugua que cae de la boca del cántaro al suelo cuando alguno r. i Mivcle de refrigerio, pescándolo en el aire y tomándolo á tra iiliKlai- La tierra arde, el aire se inflama, la mies quema, la hoz dc slr. i Mira l- i liDiM ilol írazpacho llegó; tres haces de punta forman una garita donde i l VH -i- L i ior, on el gran dornillo entre las piernas, los cuernos de vaca 1 un la. lo 1 1 montón de cebollas, tomates y verdes pimientos al otro, 1 1) gr. iv. i: n accrdote antiguo, arregla el fresco manjar. El dornillo, rebo -i orudo, viene al centro del corro. Arremeten con él, ansiosos de frescura, con tanta prisa como apetito. Allá á lo lejos ae oyen voces y latigazos. Wíí y-