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k sV V f LOS SEGADORES RECUERDOS DE NIEBLA Ya las claras del día óntranse por el Oriente apagando el brillo de las últimas estrellas, que parpadean, como rendidas del sueño, allá en las alturas de la bóveda azul; los gallos se rebullen en los corrales, y al sacudir su caliente pluma, esponjándose, cantan u n a vez y otra con esa voz agria y chillona, mezclainarnjónica d e n o t a s graves y agudísimas, m i e n t r a s las calladas hembras, nespreciando esos floreos músicos, escarban con sus páticas el estiércol, picoteando las semillas á medio fermentar, que b r i n d a n suculento desayuno. Y a los gorriones se esparcen en alegre t u r b a por los sembrados, hundiéndose en la dorada mies y comiendo á su sabor de los granos sazonados en la turgente espiga: ondas de luz llenan el espacio; el ambiente estival, fresco como una caricia del alba y sano como la frata en sazón, difunde los efluvios del campo, que llevan en su conjunto embriagador aromas de la hierba seca, perfumes de las granadas mieses, olor de p á m p a n o s y racimos verdes, de tomillos y jaras, de tanto arbusto, árbol y flor como en la estdción fecunda rinden homenaje de amor á la próvida m a d r e Tierra. Grupos de gente del campo, los h o m b r e s con zahones de piel de cabra, camisa de lienzo y gruesos zapatos herrados, las mujeres con refajos de color y ancho sombrero en la cabeza, salen por las preciosas puertas árabes, envueltos en el polvo blanco del arrecife, se alejan cantando, dejando á su espalda la ciudad morisca ceñida por cinturón de murallas aportilladas torreones derruidos. El campo, lleno d e mieses, b r i n d a al labrador el b i e n e s t a r del año; el sudor d é l a frente fertiliza el suelo y el trabajo de los brazos conquista con las rudas caricias del azadón el amor de la tierra y las ternuras de sus h ú m e d o s senos. Llegó la época de la recolección y el acarreo: los hombres y las iiormigas salen al campo, cogen los frutos y llenan las trojes y los graneros; ¡ay de la cigarra inútil, que canta desde que asoma el día basta que se extienden las sombras, sin recordar que el invierno llega, el frío entumece y el h a m b r e mata I ¡Animo, oh, labrador! la cosecha es buena; el trigo granó bien en la espiga é hinchó los vasillos con su blanca pulpa; la caña es tierna y el ganado la comerá con gusto; el heno es aromático y dulce al paladar de las reses; las legumbres secas llenan el hórreo; la fruta abunda, los manzanos dan su olor en los huertos, las granadas engordan y los membrillos van dorando su sedosa pelusa; la vid se desparrama y los racimos p e n d e n del sarmiento con granos jugosos, acábarinos, encerrando el mosto de color de topacio con que han de henchir los toneles. ¡Animol La m a ñ a n a es fresca ó invita á trabajar. El río, d e s p e ñ á n d o s e por la presa del molino, suena quejumbroso; el viento se d u e r m e entre las áureas espigas, la tórtola arrulla en los pinares, la codorniz canta en los rastrojos; las cigüefias que anidan en la espadaña bizantina, redoblan y tabletean con sus picos larguí-