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EN LAS PLAYAS DEL NORTE Sale uno de su casa, toma el ferrocarril, como dicen ó cantan en no só qué zarzuela, y al otro día ge encuen tra, salvo algún accidente ferroviario, en San Sebastián, Bilbao, Santander ó Gijón. Menudo salto en menos de veinticuatro horas desde el Desierto de Sahara, vulgarmente llamado calle de Alcalá, á las playas de la Concha, de Las Arenas ó del Sardinero! El madrileño, contemplamlo con deleite li vasta y movible estación del Océano, recuerda que al cruzar el día anterior la citada oalie do la corte, tuvo que refugiarse, para no perecer de insolación sábita, en el hilo de sombra que proycciaba un posto del tranvía eléctrico, horrorI Poro ya, afortunadamente para ó! hablo del madrileño, no del poste, todo eso ha concluido. La fresca brisa marítima, que ensancha los pulmones, le asegura días de apacible y deleitoso descanso; las manchas de verdura que divisan sus ojos, cuando, sin cansarse de contemplar el mar, los dirige un momento á tierra, le ofrecen sombra agradable y casi perenne, y las torrecillas del Casino, cotillones y caballitos. ¿Qué más puede desear uno en verano? ¡Ah, sí; algo de música y chupinazos! Preci: amente aquélla y éf- tos suenan en las calles y sobre los tejados de la ciudad. ¡Qué delicial El rum- uim del Océano, el chin chin de la música, el estallido de los cohetes, y oír todo eso con sombrero de paja y pantalón blanco! No cabo negar que la existencia tiene también sus grandes alegrías. El día anterior, y como á la misma hora, supongamos que son las once de la mañana, el madrileño quo acababa en Madrid de levantarse, oía gritar por la calle: ¡Escarolita la nieve, parroquianas! ¿Quién quiero el gordo? mañana sale: ¡el 14.900 pelao! tjElImparciaUt ¡El Liberal! De Aranjuez, los doy de Aranjuoz! ¿Cómo comparar todas esas voces vulgares y plebeyas, con la grandiosa voz del Océano? ¡Y qué animada está la playa, sobre todo infantilmente! No se podrían contar los chiquillos ni las añas, aquéllos trabajando la arena para formar monteeitos, éstas moviendo las agujas para hacer una media que no se acaba jamás, porque todas las añas tienen una media cuyo último punto no anudan hasta que están secas. Pero ya el vera neante ve avanzar por la playa cuerpos conocidos. Es la familia de X. iQaé alegría! Demasiado sabe que esa familia veranea en San Sebastián; lo había leído treinta y cuatro veces en treinta y cuatro números del mismo periódico madrileño. Hoy ha salido para San Sebastián la distinguida familia de X J Ayer salió para San Sebastián la distinguida familia de X. Para San Sebastián, la distinguida familia de X J Se encuentra en