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Dad á todos los puntos del aire la misma presión barométrica, y habréis suprimido las tempestades; pero también habréis suprimido los vientos y las brisas. Antes agua estancada; ahora aire estancado. Dad á todas las nubes Ja misma tensión electrice, y no tendréis el rayo; pero habréis herido de muerte, por nivelación estúpida, la vida poderosa de la atmósfera. Y si á todos los hombres los hacéis idénticos, habréis acabado con la humanidad y no tendréis más que millones de ejemplares de un mismo individuo; y si el único escogido es un imbécil, ¡bonita biblioteca 1 Por donde podrán comprender mis lectores, que una cosa es defender las altas temperaturas y otra cosa es defender una temperatura uniforme y monótona. Afortunadamente, de veinte grados arriba quedan muchos grados para que la columna termomótrica dé sus paseos higiénicos á lo largo de la escala. Unas veces puede estar en los veinte, otras en los veinticinco, puede subir en ocasiones hasta los treinta; y para mayor contraste, no me opongo á que dé muestras de sí subiendo á los cuarenta, y aún algo más si fuere preciso. Y no me extiendo á mayores alturas, no llego, por ejemplo, á los cincuenta grados, teniendo en consideración lo débil del ser humano, y que así le mata el dolor como le mata el exceso de placer. Es el hombre un ser demasiado mezquino y de fabricación demasiado frágil para que pueda sufrir emociones violentas. Una felicidad representada por unos cuantos centenares de grados, lo convertiría en llama, en cachón y en ceniza. Contentémonos, pues, con los cuarenta grados. Una de las buenas cualidades del termómetro es la de la modestia. Con ser tan alta su misión, con represenlar y medir una fuerza inmensa, ocupa pequeñísimo espacio. Un tubo muy estrecho, una reducida capacidad en forma de esfera ó de elipsoide, y dentro una cantidad mínima de mercurio. Y sólo con esto, por sus pequeñas dilataciones mide, si no propiamente el calor, la temperatura al menos. Porque el calor en sí, cómo pudiera medirse directamente y por un aparato tan sencillo I El calor, ya lo hemos dicho, según las teorías modernas, es la vibración interna de) a materia, la fuerza viva, la energía cinética del mundo inorgánico. El universo entero está en vibración. Ciertas vibraciones las vemos. Vibraciones inmensas son los giros de loa planetas alrededor del sol. Pero hay vibraciones que no vemos, aunque las sentimos bajo forma de calórico. Y de éstas participan todcs los cuerpos. Vibran los átomos del hielo, vibran los átomos de la piedra. Un muro de sillería nos parece inmóvil, y su forma total está inmóvil, en efecto, pero todas sus partecillas están vibrando, aunque en espacio muy reducido, sin rebasar los contornos generales del cuerpo. En toda la masa de los sillares hay una agitación inmensa: un tumulto infinitesimal inconcebible. Todos los átomos se agitan; todos describen curvas más ó menos complicadas. Si nuestros sentidos fueran más penetrantes y más perfecto? veríamos en aquellas piedras algo así como innumerables sistemas astronómicos en miniatura. Pero ya que no los podemos ver, si sobre la piedra ponemos la mano, aquella agitación se transmite á nuestros nervios y despierta en nosotros una sensación, á la que damos el nombre de calor ó de frío. Calor, si la agitación de las moléculas pétreas es mayor que la agitación de las moléculas de nuestra piel. Frío, si sucede lo contrario. Sentimos calor cuando penetra en nosotros, por decirlo de este modo, un torrente revolucionario de vibraciones. Sentimos frío cuando nos roba la piedra una parte de la agitación molecular de nuestro cuerpo. Nosotros juzgamos del calor ó del frío por la sensación. Pero si aplicamos un termómetro al muro del experimento, la columna termométrica nos dará cierta idea de la magnitud del fenómeno, dilatándose ó contrayéndose, subiendo ó bajando por la escala. El organismo humano es como una cuerda, que no puede dar más que ciertas notas ni puede vibrar más que entre ciertos límites. Si la vibración los rebasa, la cuerda salta. Pero en la Naturaleza, la escala de las vibraciones caloríficas es inmensa. Hasta los cien grados sirve el termómetro; mas para temperaturas de quinientos ó de mil grados, ó de dos mil ó tres mil grados, como en los hornillos eléctricos, nuestro modesto termómetro ya no sirve. iQué sería de su cristal y de su mercurio en focos semejantes I Tiene, por decirlo así, que acorazarse. Se convierte en pirómetro. IY para medir la temperatura del sol, qué prodigioso termómetro necesitaríamos I Cómo medir aquella vibración colosal, aquellas agitaciones y tumultos inmensos de la materia solar I El cálculo nos da alguna idea de lo que podrán ser, pero sólo el cálculo. Del depósito formidable de energía almacenada en el sol, juzgamos por sus efectos. Porque una mínima parte de la energía que irradia es la que llega á nosotro? y ella basta para imantar la vida de nuestro globo. ¡Qué prodigios de vida, de calor, de luz, de agitación anim a l de revoluciones geológicas realiza! No seamos ambiciosos: contentémonos con nuestro modesto termómetro casero, con su delgada columna de mercurio; que para lo que somos y para lo qtie valemos, con tener quince grados en el invierno y treinta ó treinta y cinco en el verano, tenemos bastante. Allá el sol con sus millares de grados. Nosotros con una humilde y modestísima temperatura de Agosto, que es la que actualmente gozamos. JOSÉ E C H E G A R A Y DIBUJOS DE MSNDEZ BRINCA D é l a Keal Academia Española.