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A Ser mezquino, pequefiuelo, que parece que está cabeza abajo y que sólo tiene una pierna. Flacucho en su pequenez; negro como un negro bozal, si es de mercurio; rojo como un borracho, si es de alcohol. Ser al parecer estúpido, cuya única actividad se reduce á alargarse un poco cuando hace calor, y á encogerse otro poco cuando hace frío. Siempre con una escala al costado para medir su altura, como si fuera quinto que ha de ingresar en filas, y al que siempre estuvieran tallando. Instrumento de tan sencilla construcción, tan simple pudiéramos decir, que resulta, por su organismo, inferior á todos los demás instrumentos de la física. Y sin embargo, instrumento admirable del cual casi todos dependen, y cuyas advertencias casi todos deben atender. Las advertencias del humilde no deben despreciarse. Ser prodigioso que mide una de las fuerzas más fundamentales del cosmos: el calor. Tirano del cual todos dependemos, porque en él está el germen de la vida y la salud y la fuerza; él es gigante y enano á la vez. Él nos dice, con su escala, cuándo la fiebre nos abrasa, cuáado la vejez nos hiela. Él simboliza nuestras pasiones, que unas veces saben ardorosas y otras caen anémicas hacia el cero de la nada. Y sin embargo, ese cero del termómetro es puro convencionalismo, porque el verdadero cero está mucho más abajo. Si prolongásemos la escala por la parte inferior y siguiéramos escribiendo números, hacia el 274 encontraríamos el verdadero cero, es decir, la ausencia del calor. Porque el calor, según las teorías modernas, no es más que la vibración de las partículas de los cuerpos. Cuando la vibración es muy grande, es cuando hace mucho calor. Cuando la vibración es muy débil, es que hace mucho frío. Si la vibración fuese nula y todas las moléculas se estuvieran quietas, entonces tendríamos el frío absoluto, el verdadero cero, la muerte del mundo inorgánico. Cuando el termómetro sube, es que las moléculas de mercurio se agitan más de lo que antes se agitaban. Es como una muchedumbre, que cuando está tranquila ó inmóvil ocupa una cierta extensión. Pero si las pasiones la agitan; el todos los individuos que la componen se mueven violentamente buscando mayor espacio; si la vida, en suma, se enardece, la masa humana se dilata, ni más ni menos que se dilata el termómetro. ¡Qué hermoso es el calor 1 ¡Él es símbolo de vida, de movimiento, de expansión! ¡En el verano, el mundo entero es termómetro que quiere desbordarse! Cuando acaba el invierno y empieza la i kX U i20 c IvüT i; r -101 OJ 10- io primavera, y aun en el mismo verano, á pesar de ardores y sequías, la coluiñna termométrica de la vida sube y sube, digan lo que quieran unos cuantos mal aconsejados reaccionarios del frío. Nunca, hablando del calor, ha dicho ningún poeta, que esta fuerza maravillosa traiga ni grillos ni cadenas, y en cambio, todos hablan de las cadenas y de los grillos del hielo. Por el contrario, el calor rompe las prisiones heladas, derrite las nieves y hace brotar las fuentes; desata las, plateada 8 cintas de los arroyos; cubre de verdura los campos, de hojas los árboles, de flores los jardines, de luz la atmósfera, de olas azuladas y de blancas espumas los mares, y cuaja de vida los cuerpos, de sangre las venas y de vibraciones los nervios. Él espanta catarros, pulmonías y reumas, y abrillanta los rayos del sol. El termómetro de la vida universal va trepando por la escala. Cuando el termómetro está encogido, parece que duerme con ese sueño de los países polares, que tanto se parece al sueño eterno de la foFa. Cuando el termómetro sube, dijérase que despierta y se despereza. A nadie se le ha ocurrido que la creación empezara por el cero del termómetro. De la inmovilidad no nace el movimiento. De las agitadas nebulosas que llevan en su seno numerosos gérmenes de vida, puede brotar la vida ciertamente. Esta transformación ni nos admira ni nos extraña. Pero si el espacio hubiera sido un blcqne infinito de hielo, yo quiero saber cómo de él hubieran brotado los soles y los mundos, los montes y los mares, las plantas y los animales, y esa divina chispa que el hombre lleva dentro de sí y que se llama espíritu. No se llama cristal de hielo, sino espíritu divino; y aunque en esto último puede haber cierta exageración, será fruto del entusiasmo, que nunca se midió por los grados inferiores de la escala termométrica. Lo que nos parece falso, impropio y abusivo, es que el cero del termómetro se haya colocado en el punto en que hoy está. O debió colocarse 2140 por debajo, es decir, donde se encuentra el verdadero cero, ó si prescindiendo de teorías científicas se! e quiso dar al termómetro un cero propio para la vida humana y para los usos civiles, debió colocarse donde hoy está el grado veinte. Las temperaturas inferiores á veinte grados son las mal llamadas temperaturas; nunca me han parecido temperaturas serias y verdaderas. De veinte grados arriba se empieza el vivir; de veinte grados abajo se lucha con la muerte. ¿Por ventura en. el interior del cuerpo humano existen diez, ni quince, ni aun veinte grados de temperatura? La Historia Natural lo dice: hay animales