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m m Cuando llega uno de esos domingos lluviosos en que no agrada salir de casa, dan mis hijos en la flor de obligarme á que tome parte en sus juegos, y yo, blando de corazón, les complazco muy gustoso, proporcionándoles un pasatiempo extraño que les divierte mucho. Lo han titulado ellos el energúmeno, y consiste en lo siguiente: Se agrupan todos los chicos en un extremo de la casa, y esperan á que yo, después de avisarles para que avancen, salga á su encuentro empuñando una zapatilla ó unos zorros, y los haga huir vestido de mamarracho y aparentando hallarme poseído de una furia terrible. Lo que realmente les impresiona es la, sorpresa que les causo al salir de la habitación que menos esperan, y de la cual suelen pasarse, Entonces yo les pico la retaguardia, zurrándoles de lo lindo, ó dejo caer una almohada sobre el grupo desde el montante de una puerta, ó les tiro las zapatillas por una ventana interior, ó pongo, en fin, un pelele donde suponen ellos que van á encontrarme á mí, aunque no venga á ser precisamente lo mismo. Gran risa les produce el hallarme unas veces con una toalla liada á la cabeza, el tapete del velador arrollado al cuerpo, y en la mano una sartén, y otras veces en calzoncillos, con mantilla de madroños y blandiendo un fuelle, de cuyos ataques se defienden arrojándome sin cuidado los proyectiles que más a mano encuentran, y que tan pronto son libros de texto como pimientos de la Eioja. E alboroto que promueven es de esos que encolerizan á los vecinos y enriquecen á Federico Delri u fomentando las mudanzas. No há mucho se me quejó una vecina muy coqueta, que vive debajo de mí. Subió un día queriendo hacerme la competencia en clase de energúmeno, pero la tapé la boca con la amenaza de que publicaría en los papeles las deficiencias de su cuerpo observadas desde mi ventana, y daría cuenta de los procedimientos que emplea para dar gato por liebre, ante lo cual se calló, y callada sigue. Yo bien conozco que molesto al vecindario; pero, ante todo, procuro la diversión de mis hijos, ya que tantos días de amargura les aguardan. Mas en el mundo todo tiene sus quiebras, como puede verse por lo que ocurrió cierto día festivo no muy remoto. Hallábase en todo su apogeo el juego susodicho. Yo me había encaramado en el catre de la cocinera, dispuesto á sorprender á los chicos arrojándoles un saco de noche desde la alta ventana del dormitorio, y la gente menuda avanzaba lenta y sigilosamente por el pasillo en busca mía. Pero ni los chicos ni yo pudimos notar que la puerta de la escalera estaba entornada y que había penetrado en la antesala nada menos que la excelentísima señora duquesa de Sangreturbia, dueña de la finca y amiga mía de gran respetabilidad. Nada más lejos de mi imaginación que la visita de aquella buena señora, y nada más lejos de la suya que el extraño recibimiento que involuntariamente se le tributó.