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-Mira; todos los recibos que me lia firmado tu padre, te los voy á regalar para que tú cobres. Y la Gallarda, como siempre, soltó una carcajada fresca y sonora. ¿No lo crees? -continuó el barón; -tómalos. La ffaíZarda, riendo siempre, cogió los papeles, se los guardó en la faltriquera que llevaba debajo de la primera saya, para lo cual tuvo que hacer algunos ademanes de rústica coquetería que avivaron los deseos del señorito, y volviendo en el acto la espalda al donador, fué á cargar con otro saco de harina. -Ni siquiera ha dicho gracias- -pensó el barón; -esta llaneza es mi encanto. Quó diferencia de las zalamerías mentidas de la mujer de la cortel Pasaron unos instantes; ella empezó á cantar una copla popular en la aldea, y seguía su trabajo como si no estuviera nadie observándola. ¿Quieres que te ayude? -dijo al fin el barón levantándose. -Usté no tió fuerza, -contestó ella sin mirarle. -Ya verás como sí la tengo, -replicó; y entró en el molino. La Gallarda, al verle acercarse, se echó á reir tan estrepitosamente como tenía por costumbre, y cogió un saco de los vacíos como para colocarlo en un montón donde había otros. -Para que no te burles de mi fuerza, vas á ver que soy capaz de levantarte á ti en alto con más facilidad que tú levantas uno de esos talegos. A mí! -exclamó la Gallarda sin dejar de reir. -A ti- -repitió el barón, y tendió los brazos para levantarla, cogiéndola por la cintura. La moza dio un paso hacia atrás y le sacudió con el saco vacío un latigazo tan tremendo, que el señorito creyó que le habían dado con una viga en las costillas. Por añadidura, se levantó una verdadera nube de polvo blanco y menudo formado por los residuos de la harina, que cegó al barón y le puso como la verdadera estatua del Comendador. El dolor le despertó la cólera, y levantó el puño para descargarlo sobre aquella bestia; pero la Gallarda, con su brazo vigoroso, detuvo el golpe, y de un empellón colocó al tenorio en la puerta del molino, y la cerró estrepitosamente sin decir más palabras que ¡Arre allá! ¡arre allá, señorito 1 Cuando el barón se vio fuera de la estancia con toda la ropa blanca, todos los huesos molidos y los ojos cegados por la harina, prorrumpió en las más furiosas maldiciones; golpeó la puerta del molino, trató de abrirla á patadas, pero todo inútil; ni la puerta cedía, ni le contestaba nadie. Entonces, soñando mil venganzas, echó á correr hacia el pueblo, ¡y en qué momento! Era ía hora en que todas las mozas iban por agua á una fuente próxima al molino; de modo que recorrió el camino como perro con maza, entre la rechifla y las risotadas de todo el mundo, y escuchando las palabrotas más mortificantes para su amor propio. Así llegó á su casa, donde casualmente se hallaba don Saturnino esperándole. El médico tenía que morderse los labios para no reírse mientras el barón le contaba su aventura, salpicando el relato con improperios terribles para el padre y para la hija; luego extendió sus injurias á todas las mozas del pueblo, que allá con su gramática parda habían hecho, para que perdonara la renta á sus padres, las mismas zalamerías que para sacarle los cuartos empleaban las cortesanas más lagartas. Cuando hubo acabado su relación, anunció que al día siguiente abandonaría el pueblo para siempre. ¿Y adonde va usted á ir? -preguntó D. Saturnino. -A cualquier parte; no en todos los lados tendrán tanta malicia las hembras. -No va usted á encontrar sitio en el planeta, -observó D. Saturnino. -Pero hombre, ¿en toda la tierra van á ser así las mujeres? -No lo sé; pero usted va á ser igual en todo el mundo. -I Hombre! ¿Yo qué hago de extraordinario? -Me va usted á perdonar que se lo diga en forma vulgar: el primo. Y eso se lo van á conocer á usted en seguida las mujeres de todo el orbe. EMILIO SÁNCHEZ PASTOE DIBUJOS UE MÉNDEZ BaiXGA