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Y la Gallarda, con su aire militar, coaducía al señorito á una especie de corraliza que había junto al molino, rieado siempre de los requiebros que él la prodigaba. Una tarde el barón se atrevió á pellizcarla en el brazo, y ella le soltó bofetada tal, que allí hubiera terminado el idilio si en el instante mismo no hubiera la hija del molinero adoptado un gesto compungido para preguntarle cariñosamente: ¡Ayl ¿Le he hecho á usté daño? En este estado de cosas, el tío Sarmiento se presentó una mañana en casa del de Yóbenes. Vendían otro molino próximo al suyo y quería comprarlo. Como no tenía dinero, había pensado en el señor barón para que le adelantara la cantidad, que le devolvería poco á poco. Se trataba sólo de cuatro mil pesetas, y el barón se apresuró á complacer al tío Sarmiento. Por la tarde, cuando fué á pasear como de costumbre hacia el molino, la Gallarda estuvo con él más amable que nunca; pero el recuerdo de la tremenda bofetada que recibió el día primero que intentó propasarse, le contenía en sus deseos. Y D. Saturnino, á quien el barón contaba todas estas cosas, sonreía maliciosamente y se limitaba á recomendarle que anduviera con cuidado. Entretanto, todos los días tenía el barón la visita de algún colono para pedirle que le perdonara la renta. Y cosa singular, á esta audiencia venía el colono con su hija, que era una de las requebradas el día anterior por el barón, ó con su mujer, que también había merecido alguna flor del señorito al encpntíarla por la calle ó por el campo. La interesada sonreía siempre maliciosamente durante la visita, y miraba al barón como diciéndole: Yo soy aquélla á quien usted ha dicho el otro día tantas palabritas dulces y el barón perdonaba rentas y rentas por los ojos de una, por los labios de otra y por el talle de todas. El administrador se desesperaba con esta conducta de su amo; el precedente era lo peor en aquel pueblo; si el señor barón seguía perdonando rentas por los motivos que los colonos invocaban, y que estaban; reducidos á que había habido enfermedad en la casa, ó á que se había muerto la caballería, ó á que el año no era bueno, dentro de poco sería imposible sacar un cuarto á nadie, y aquellas fincas que tanto producían llegarían á ser útiles á todo el mundo menos á su dueño. Pero el barón sonreía cada vez que el administrador le hablaba de esto. Cada perdón significaba una futura conquista; luego ya se cobraría con rigor y nadie dejaría de pagar escrupulosamente. La esperanza de conquistar á la Gallarda tenía al barón completamepte envanecido, y se sentía generoso en aquellos días. Empegar por la hija del molinero era un gran principio; luego continuaría con otras. Aquello para él, habituado á los triunfos de la corte, sería una tarea sencilla y fácil. Apenas si tenía mérito engañar paletas para un hombre de su habilidad, y había momentos en que le parecía indigno de su genio tenoresco aquel trabajo. El molino nuevo del tío Sarmiento necesitaba bastante obra; la ganga que aquella compra parecía en un principio, resultó no erio al fin, porque las reparaciones importaban bastante, y t l liaron tuvo que ir adelantando cantidades, que llegaron á sumar lanto como el coste de la finca. l e fulos estos adelantos, el tío Sarmiento daba el correspiíndifute recibo, en el que se comprometía á pagar cuando ini- ra posible, sin fijar plazos, fechas ni intereses de ninguna ou motivo de tener que comprar algunos útiles para el molino nufco, el tío Sarmiento se despidió una tarde del barón; iba i i la capital de la provincia, donde estaría un par de días; fiilrt taiito, si soplaba el aire y había que moler, la chica se encaru. iría de dirigir la operación, porque era tan fuerte como Ni hay para qué decir el pensamiento que asaltó en- seg idii ai- fiorito madrileño; aquello estaba claro: el padre se iba para iv la y csiu viera- ola en el molino y hablara libremente con sn adorador. Aquella noche el barón no pensó en otra cosa, y al día siguiente, en vez de esperar á la tarde á hacer su acostumbrada visita, se presentó en el molino por la mañana, pocos momentos después de haber salido el tío Sarmiento para su corto viaje. La Gallarda pareció sorprendida de tan madrugadora visita, y como hacía por las tardes, sacó al barón la rústica banqueta en que se sentaba á tomar el fresco; pero en vez de acompañarle, se volvió adentro para ir colocando junto á una pared varios sacos de harina. -Te traigo un regalo, -dijo al cabo de un rato el barón sin moverse de su sitio. ¿Un regalo? -contestó la Gallarda dejando el saco que llevaba al hombro y acercándose á la puerta.