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r- v t; j) l EL PRIMO ETERNO -Me hastían las mujeres de Madrid- -decia el barón de Yébenes en el casino á sus amigos íntimos. -Mañana mismo me voy á visitar mis tierras de Castilla. En un año no me volvéis á ver. Aquellas mozas de robusta planta y rebosante salud me. están llamando á voces. Aquel es ganado claro, y un diestro como yo hará estragos en la localidad. Basta de coqueterías, engaños y falsedades. Y como lo anunció lo hizo: al día siguiente salía para un pueblo de Castilla de los que no figuran en el mapa. El administrador de sus bienes le esperaba á la entrada del pueblo, y allí llegó nuestro barón desde la estación más próxima montado en un pollino, único medio de locomoción que por aquellas latitudes se conocía. Instalado en el viejo caserón de sus mayores y después de ir remediando las faltas de confort como la industria del administrador le sugería, comenzó á recibir las visitas de los principales personajes del pueblo; entre éstos, el único con quien podía hablar una persona de mediana cultura era el médico; aunque había olvidado mucho viviendo la vida de la aldea, todavía se apreciaba en él que había seguido una carrera y que había leído algo. Se llamaba D. Saturnino, temía ya cincuenta años de edad y permanecía soltero. El pueblo tenía mucha fe en él como médico, porque, según decían, acertaba; y con efecto, de aciertos se trataba en todos los casos, porque lo poco que había estudiado en San Carlos había desaparecido hacía mucho tiempo de su mente, pero en cambio tenía una ciencia que pocos poseen: la de ser agradable á todo el mundo, y gracias á esto se llevaba bien con las autoridades, con los ricos, con los pobres y con cuantos podían necesitarle alguna vez ei? la vida. Con D. Saturnino se espontaneó ei baroncito á los pocos días de trato. -Aquí estoy, porque en Madrid el sexo femenino me engaña y me arruina. La sencillez de esta gente será garantía de mi fortuna y de mi tranquilidad, porque aquí no abundarán las falsías y los engaños y las coqueterías femeniles. D. Saturnino le escuchó sonriendo y se limitó á decir: -Puede que se engañe usted. El barón rió á carcajadas; aquel buen señor, metido en el pueblo hacía tantos años, no sabía lo que era Madrid ni la gente de las grandes poblaciones. A los pocos días ya había entrado en campaña el tenorio de la corte. Ko había moza guapa á la que no dijera un requiebro cuando sentado á la puerta de su casa leía por la tarde los periódicos de Madrid. Unas se ponían coloradas hasta lo blanco de los ojos y aceleraban el paso, otras soltaban una carcajada estrepitosa que más parecía burla que alegría, y alguna le contestó dos ó tres groserías de las que no estaba acostumbrado á oir á pesar de lo mucho que había corrido. Pero todo eso en conjunto le encantaba; eso era lo que él iba buscando; nada de coqueterías ni fingimientos: verdad aunque fuera tosca, naturalidad aunque fuese brutal, sencillez aunque fuese imbécil. Transcurrido algún tiempo, el barón notó ya que algunas pasaban para que las requebrase, y el médico, que por oficio andaba en contacto con todas las gentes, le decía con frecuencia: Buena fama va usted echando entre las mujeres del pueblo lo cual satisfacía al conquistador más que si le dijeran que en el mundo entero gozaba una gran reputación de sabio profundo. Entre todas las mozas, la que primero llamó su atención fué una morenota, de la talla de un guardia civil, de mofletes rojizos y ojazos negrísimos, que era la ilusión de todos los mozos del pueblo. La llamaban de mote la Gallarda, denominación que también tenían en aquel lugar muchas muías, y era hija del tío Sarmiento, dueño de un molino movido por el aire. La Gallarda era de las que se reían cuando el barón de Yébenes la echaba una flor, y muy pronto empezaron los paseos al molino por las tardes con el pretexto de bablar con el tío Sarmiento délas cosechas. Y sería casualidad, pero aquel padre, entregado á los trabajos de la molienda, parecía qué buscaba ocasiones de que su hija y el barón hablasen solos. -Chica, enseña al señor barón la gallina que he comprao esta mañana, -gritaba desde lo alto de su artefacto. -Chica, acompaña al señorito pa que vea el pollino de la Tuerta.