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deudos de las familias de Sohiffl y Fiume, capitaneados por el tío de las novicias, se dirigieron al monasterio de Santo Ángel á recobrarlas por fuerza. Cogieron en brazos á Inés, pero su esbelto cuerpecillo pesaba de tal modo, que entre doce hombres no pudieron llevarla. Llamaron en su ayuda á unos viñadores, y los gañanes, rendidos, desistieron de la empresa, exclamando atónitos; Para que tanto pese la niña, es menester que toda la noclie haya comido plomo. No es posible torcer por la fuerza una voluntad determinada y firme, ni ahogar una vocación. Antes se haría al agua remontar su curso y desmentir su nivel natural. Clara, desde el primer instante, por la misteriosa ley del corazón femenino que adivina y se asimila el sentimiento y la fe en sus más íntimos aspectos, había adivinado al PobreciUo, abrazando é interpretando su ideal. Defensora incansable de aquella Dama Pobreza con quien San Francisco se había desposado, Clara fué la franciscana genuína de la edad de oro de la Orden. Instalada en la ermita de San Damián, sitio donde las azucenas franciscanas crecían solas, jamás quiso aceptar bienes ni poseer cosa alguna, ni aun con dispensa pontificia, y respondió enérgicamente á Gregorio IX, que era su grande amigo y admirador: Padre Santo, absuélveme de mis pecados, pero no me dispenses de seguir á Cristo. A ruegos de Clara, en las últimas horas de su vida mortal, Inocencio IV escribió de puño y letra la bula de perpetua pobreza para las Clarisas. Imitando también á San Francisco en esto, Clara ansiaba el viaje á tierra de infieles para ser allí martirizada. En poco estuvo que lo consiguiese sin salir de la Umbría cuando Federico II, el gibelino, arrojó sus alárabes sobre la ciudad güelfa de Asís. Al oir los gritos feroces de los paganos, Clara tomó la custodia, abrió las puertas del convento y salió al encuentro del enemigo. Luz extraña brotaba de la custodia y del semblante de la animosa mujer, y al verla marchar así, los de Asís se rehicieron y rechazaron á los invasores. La causa pontificia era la de la fe y de la libertad. Por segunda vez atacaron los imperialistas á Asís, y las oraciones de las pobres de San Damián salvaron la ciudad del saqueo y la destrucción. En memoria de este hecho, representan á Santa Clara con la custodia en las manos. Las FloreeiUas, tierno poema escrito con candor y sinceridad inimitables, pintan el cuadro de la vida franciscana de entonces al describir el banquete fraternal de Santa Clara y San Francisco. Mientras los dos campeones de la pobreza partían el pan, las gentes de Asís y del país comarcano veían que Santa María de los Angeles y la selva toda ardían en llamas, por lo cual se precipitaron á apagar el incendio. Y ya en la selva, vieron que no existía fuego alguno, sino- -dicen las FloreeiUas- -el del divino amor en que ardían las almas de estos santos frailes y santas religiosas Cuarenta y dos años vivió Clara en humildad, penitencia y trabajo, pidiendo limosna, hilando, regando los lirios de su huerto, defendiendo su espíritu franciscano contra todas las tentaciones; veintisiete sobrevivió á. San Francisco de Asís, después de haber inundado de lágrimas el cuerpo señalado con los estigmas de la Pasión; y á los sesenta murió, dicen las crónicas, en un rapto de mística alegría, por lo cual su muerte fué triunfo y regocijo; las campanas repicaron á gloria, y cuando los pobyeciUos habían empezado á cantar el oficio de difuntos, el papa les ordenó que entonasen el de las vírgenes. Dos años después del fallecimiento de Santa Clara, estaba canonizada ya. Si algún cántico hay que, parezca escrito para la hermana espiritual del fratdlo, es aquel del gran zelante Jacopone de Todi, en que se celebra á la Dulcinea franciscana: Pobreza, pobrecilla, tu hermana es la humildad; una escudilla te basta para beber y comer. í Pobreza, alta ciencia de poseer despreciando; cuanto más baja en aspiración, más gana en libertad, La pobreza va segura EMILIA P A E D O B A Z A N D I B U J O S DE B L A N C O CORIS