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termas en Roma eran punto de cita, como se dice ahora, de la buena sociedad, y allí acudía lo mejorcito, sobie todo por laa mañanas á las once, que era la hora más fashionable. Loa esclavos iban cargados detrás de los patricios con bandejas llenas de ricos perfumes, sábanas de doble ancho y una cera especial con la que jabelgaban á los señorea. En las termas había juegos de todas clases: olímpicos, malabares y de loa otros, y kioscos donde se vendían ricas frutas de Grecia y África, jabón de olor de Siracusa para los patricios, y moreno para los plebeyos. En las termas y en animados corros se discutían los sucesos del día: el debut en el anfiteatro de algún notable atleta, del peplo que acababa de estrenar la hija de Quitestro, senador vitalicio, una especie de Rodríguez Sampedro; la próxima carrera de carros, la fuga de una vestal con un centurión; se hablaba de todo, y mal generalmente, pues el virus maldiciente está inoculado á través d los siglos. Muchos opulentos patricios en tanto se bañaban, y gustaban de que los poetas más notables leyesen poesías, mientras los esclavos lea ponían un hierro al bigote. A la puerta de las termas se colocaban multitud de sablistas parásitos esperando la salida de los senadores para pedirles un talento, pero muchos senadores que no lo tenían, y sin embargo eran senadores, los convidaban á sus festines, á condición de contar á los invitados durante la comida historias chispeantes. Otros pedían para el baño, pero en lugar de entrar en las termas se marchaban á la taberna vinaria de Próculo, más tarde de la viuda. Dije al principio de este artículo que el baño fué causa de la ruina de un imperio, y ahí está, y si no ahí á la vuelta de unos siglos, el bueno de Don Rodrigo, que no me dejará mentir. ¿Quién sino el baño, el famoso baño de la Cava tiene la culpa de la pérdida de las colonias visigodas, del imperio godo? Cuando el leal Tajo sacó el pecho fuera y habló á Don Rodrigo, fué porque ya no podía resistirle más. Don Rodrigo, abandonando su palacio, descuidando sus deberes de monarca, no tenía otra distracción que bajar á la orilla del río con Florinda y reírse desde allí de los peces de colores que pasaban por el Tajo. Luego preparaba el baño de la Cava, soltaba los grifos, y mientras la hermosa perfumaba con su cuerpo las aguas del baño, Don Rodrigo calentaba las tenacillas para rizarla el pelo y tendía las sábanas húmedas. De otrcs baños muy significativos y muy importantes podría seguirme ocupando, si no tuviera en cuenta que hay una regla médica que recomienda que el baño sea corto. Y, sobre todo, si es posible, hay que imitar á la espiritual cortesana madame Pompadour, que se bañaba en agua de rosas. LUIS G A B A L D Ó N DIBUJOS DE XAUDARO