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V 1 f i -s M w; í 4, -v t- l ñ y -Tú- -dijo al primero, nn gordiflón muy serio, que le escuchaba con las cejas fruncidas y un dedo- en la nariz, -tú serás el encargado de juzgar á tus semejantes. Fabricarás la ley, dirás lo que es delito, cambiando cada siglo de opinión, y someterás todos los delincuentes á una misma regla, que es- como si á todos los enfermos los curasen con el mismo medicamento. Después señaló al otro, un morenito vivaracho, f siempre con un palo en la mano para sacudir á sus hermanos. -Tú serás un guerrero, un caudillo. Llevarás tras de ti á los hombres como el rebaño que marcha al matadero, y sin embargo te aclamarán: la gente al verte cubierto de sangre te admirará como un semidiós. Si los otros matan, serán criminales; si tú matas, serás héroe. Inunda de sangre los campos, pasa los pueblos á hierro y fuego, destruye, mata, y te cantarán los poetas y escribirán tus hazañas los historiadores. Los que sin ser tú hagan lo mismo, arrastrarán cadenas. Eeñexionó el SeSor un momento, y se dirigió al tercero. -Tú acapararás las riquezas del mundo, serás comerciante, prestarás dinero á los reyes tratándolos como iguales, y si arruinas todo un pueblo, el mundo admirará tu habilidad. El pobre Adán lloraba de agradecimiento, mientras j Eva, inquieta y temblorosa, intentaba decir algo, sin decidirse á ello. En su corazón de madre se agitaba el remordimiento; pensaba en los pobrecitos encerrados en e lestablo, que iban á quedar excluidos del reparto de mercedes. -Voy á enseñárselos, -decía por lo bajo á su marido. Y éste, tímido siempre, se oponía murmurando: -Sería demasiado atrevimiento. Se enfadará el Señor. Justamente, el arcángel Miguel, que habla venido lí mala gana á la caga de aquellos reprobos, daba prisas á fii amo. f J, I t t 1 i eiior, que es tarde. M Seíii r se levantó, y la escolta de arcángeles, bajando de los I rbole aoudió corriendo para presentar armas á la salida. V. -A, impulsada por su remordimiento, corrió al establo, abriendo la puerta. -Señor, que aún quedan más. Algo para estos pobrecitos. El Todopoderoso miró con extrañeza aquella caterva sucia y asquerosa que se agitaba en el estiércol como un montón de gusanos. -Nada me queda que dar- -dijo. -Sus hermanos se lo han llevado todo. Ya pensaré, mujer, ya veremos más adelante. San Miguel empujaba á Eva para que no importunase más al amo, pero ella seguía suplicando: -Algo, Señor; dadles cualquier cosa. ¿Qué van hacer estos pobres en el mundo? El Señor deseaba irse, y salió de la masía. -Ya tienen destino- -dijo á la madre. -Esos se encargarán de servir y mantener á los otros. -Y de aquellos infelices- -terminó el viejo segador- -que nuestra primera madre ocultó en el establo, des cendemos nosotros los que vivimos encorvados sobre la tierra. VICENTE BLASCO IBAÑEZ D I B U J O S D F MENÜTÍZ B R I Í Í G A