Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-Oye, Eva; si esta tarde hace X 4; Í buen tiempo, es posible que el Se ñor baje á dar una vueltecita. Anoche, hablando con el arcángel Miguel, preguntaba: ¿Qué será de aquellos perdidos? Eva quedó como anonadada por tanto honor. Llamó á gritos á Adán, que estaba en un bancal vecino doblando, como siempre, el 8 espinazo. jLa que se armó en la casal Lo mismo que en víspera de la fiesta del pueblo cuando las mujeres vuelven de Valencia con sus compras. Eva barrió y regó la entrada de la masía, la cocina y los estudios; puso á la cama la colcha nueva, fregoteó las sillas con jabón y tie rra, y entrando en el aseo de las personas, se plantó su mejor saya, endosando á Adán una casaquilla de hojas de higuera que le había arreglado para los domingos. Ya creía tenerlo todo corriente, cuando la llamó la atención el griterío de su numerosa prole. Eran veinte ó treinta... ó Dios sabe cuántos. ¡Y cuan feos y repugnantes para recibir al Todopoderoso! El pelo enmarañado, la nariz con costras, los ojos pitarrosos, el cuerpo con escamas de suciedad. ¡Cómo presento esta pillería! -gritaba Eva. -El Señor dirá que soy una descuidada, una mala madre I Claro! los hombres no saben lo que es bregar con tanto chiquillo. Después de muchas dudas escogió los preferidos (iqué madre no los tiene! lavó los tres más guapitos, y á cachetes llevó hasta el establo á todo aquel rebaño triste y sarnoso, encerrándolo á pesar de sus protestas. Ya era hora. Una nube blanquísima y luminosa descendía por el horizonte, y el espacio vibraba con rumor de alas y la melodía de un coro que se perdía en el infinito, repitiendo con mística monotonía: ¡Hossana! ¡hossana! Ya echaban pie á tierra, ya venían por el camino con tal resplandor, que parecía que todaalas estrellas del cielo habían bajado á pasear por entre los -i bancales de trigo. Primero llegó un grupo de arcángeles: el piquete de honor. -Vi Envainaron las espadas de fuego, dirigieron unos cuantos chicoleos á Eva, asegurando que por ella no pasaban años y aún estaba de buen ver, y con marcial franqueza se esparcieron después por los campos, subiéndose á las higueras, mientras Adán maldecía por lo bajo dando por perdida su cosecha. Después llegó el Señor: las barbas de resplandeciente plata y en la cabeza un triángulo que deslumhraba como el sol. Tras él San Miguel y todos los ministros y altos empleados de la corte celestial. Acogió el Señor á Adán con una sonrisa bondadosa, y á Eva le dio un golpeeito en la barba diciéndola: ¡Hola, buena pieza! ¿Ya no eres tan ligera de cascos? Emocionados por tanta amabilidad los esposos, ofrecieron al Señor una silla de brazos. ¡Qué silla, hijos míos! Ancha, cómoda, de algarrobo fuerte y con un asiento de trencilla de esparto del más fino, como la pueda tener el cura del pueblo. El Señor, arrellanado muy á su gusto, se enteraba de los negocios de Adán, de lo mucho que le costaba ganar el sustento de los suyos. -B i e n muy b i e n -d e c í a -E s t o te enseñará á no aceptar los consejos de tu mujer. ¿Creías que todo ib á ser la sopa boba del Paraíso? Eabia, hijo mío, trabaja y suda; así aprenderás á no atreverte con tus mayores Pero el Señor, arrepentido de su dureza, aSadió con tono bondadoso: -L o hecho, hecho está, y mi maldición debe cumplirse. Yo sólo tengo una palabra. Pero ya que he entrado en vuestra casa, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi bondad. A ver, Eva, acércame esos chicos Los tres arrapiezos formaron en fila frente al Todopoderoso, que los examinó atentamente un buen rato