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brados, que expresaban el respeto del pueblo hacia lo que no se comprende y una especie de susto. En esto sus ojos tropezaron con un desnudo de mujer, el de la mocetona flamenca y zafia, representada en una contorsión de Ménade sobre el mismo rebujo de telas antiguas en que Kruger dormitaba ahora. Y Aurelio, que examinaba á la chiquilla ya faera de la penumbra de la antesala con la ojeada del pintor que sin querer desmenuza, se fijó lleno de interés. La palidez clorótica de la niña, al aspecto del estudio de mujer se había transformado en el color suave de la rosa que los floricultores llaman carnidoncella, pasando poco á poco, mediante una gradación bien caracterizada, á tonos cuya belleza recordaba la de las nubes en las puestas de sol. Como si invisibles ventosas atrajesen la sangre de las venas y las arterias á la piel, su bieron ondas primero rosadas y luego de carmín á las me jíUas, á la frente, á las sienes, á toda la faz; y en el asombí i la mirada, en la expresión de indecible sorpresa de la bo 1. reveló una belleza interior tan grande, que Aurelio se s- iUin transportado. Nada dijo la niña; nada tampoco el pintor. Sólo cuando la oleada de vergüenza empezó á descender también gradualmente, preguntó Aurelio tímido á s n vez: ¿Eres tú hija de tío Onofre? -lío, señor Soy su ahija. No tengo padre ni madre. ¿Con quién vives? -Oon tío Onofre. Me recogió de chiquita. ¿Le sirves de criada? ¿Trabajas? -Trabajo lo que puedo, -fué la respuesta humilde. -No salgo de casa. Hay mucha neseciá Si no fuera por los señoritos que retratan á tío Onofre, no sé cómo nos valdríamos Y ahora, con la enfermedad y la botica y el médico Envalentonada por la dulzura con que Aurelio la había hablado, prosiguió la niña; -Nos vamos á ver negros. En casa, señorito, no hay una peseta. Como tío Onofre tiene ese mal costumbre de ¡a bebía. Si no es la bebía, hombre más bueno no se encuentra en Madrí. Pero el aguardiente le tiene comidas las entrañas Y como tío sabe que usté y el otro señorito retratista que vive en el Pasaje son ta tivos pues me dijo, dice: Te vas allá, Selma, y quizás que en igual i V tarme á mí te retraten á tí por unos días porque al fin ellos lo que es retratar á cualquiera sinflnidá de veces los cuartos que te los den por adelantado y á ver si nos remediamos. Aurelio se explicó entonces el deseo que demostraba aquella criatura de entrar en el taller. Contempló al nuevo modelo que se le ofrecía, con la mirada involuntariamente dura, investigadora, del chalán en la feria. Al través de la pobre falda de zaraza y del roto casaquillo, adivinó las líneas. Eran segurarnente encantadoras, delicadas y firmes á la vez, con, la pureza del capullo cerrado y la gracia de la juventud que lo convertirá pronto en íior gallarda. La proporción del cuerpo, la redondez del talle, la elegancia del busto, ía gracia de la cabeza, todo prometía un modelo delicioso, dé los que no se encuentran en el mercado; unas formas intactas, virginales. Aurelio se regocijó. Quizás estaba allí la inspiración de la obra maestral Pero cuando iba á pronunciar el sacramental: Desnúdate el recuerdo de la ola de sangre inundando el rostro, ascendiendo hasta la frente y las sienes, borrando con su matiz de carmín las facciones, le detuvo y apagó en su garganta el sonido. Se sintió enojado contra sí mismo; íe pareció haber consentido allá interiormente en cometer alguna acción reprobable; Y acercándose á la niña, fué esto lo que dijo: -Te retrataré, pero con la condición de que no te retrate nadie más que yo, ¿entiendes? Pago doble No vas á casa de ningún otro señorito que pinte. Ya te daré dinero... Ahora, hija mía para que te retrate te colocarás así así mirando á esa figura, ¿quieres? Y mientras á las mejillas de la niña y á su frente blanca subía otra vez, ante el impúdico y vigoroso estudio de la Ménade, la ola de vergüenza, Aurelio, con nerviosa vehemencia primero, con pulso seguro después, -manchaba el lienzo trazando el boceto de su cuadro Pudor que ¡e valió en la Exposición su primer triunfo: una segunda medalla. EMILIA PARDO BAZAN DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA