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horas echando de menos á su tirano y aquel amparo brutal que le prestaba. ¡Acaso echó de menos los tirones de pelo, porque siempre concluían porque la Pelona le diese u n pedazo de pan p a r a aplacar su llanto I Llegó la noche y se fué al portal de costumbre, donde solían reunirse las dósmuieresylosdosniños. La casualidad tiene ca prichos. Aquella noche había j u n t a d o en el cementerio á la Pelona y al Pitillo, y j u n t a b a en el hueco de u n portal á la Pitillera y al Pelón. É l vino á sentarse j u n t o á ella; y contra ella se apretó buscando calor, porque la noche era horriblemente fría. Al pronto nada se dijeron. Pero, ella concluyó por cogerle en brazos. Su seno y sus brazos necesita, ban un niño. Faltaba el Pitillo; pues darían calor al. Pelón. Después de mucho tiempo el niño preguntó: ¿Y el Pitillo? Y la mujer se quedó pensando, y al fin dijo con u n a voz m u y honda: Se murió; se lo llevaron. ¿Como; á la Pelona? dijo el niño. También se murió; tainbién se la llevaron. Y b u s c a n d o amparo instintivamente, se abrazó á la Pitillera, y agregó con profundo convencimiento y con cierta a u t o r i d a d Entonces, yo contigo. La mujer sintió sobre su rostro la cara suave del pequefiuelo, y le pareció que era la carita del Pitillo. Algo se agitó en sus entrañas; algo tierno y dulce; algo que si ella hubiera conocido la palabra ó hubief ra sabido aplicarla, hubier a dicho que era un consuelo: u n consuelo m u y grande, una promesa de nuevas alegrías, u n rayito de luz m u y blanca en la negrura de la noche. Y contestando al niño, dijo con voz m á s blanda que a n t e s Bueno; pues conmigo. Pasó u n rato, y sin saber por qué, los dos se echa- rfa, ron á llorar y se besaron f mucho. Al fin el niño dijo: Anr v d a haz conmigo pitillos Jtfcomo con el otro, pero no me tires del pelo. Y la Pitillera le acarició orno acariciaba á su hijo. Después se quedaron dormidos los dos. Cuando rompió el día despertaron, se levantaron I -i r S ssí y echaron á andar para entrar en calor. La Pitillera tenía naos cuartos, y en un puesto ambulante tomó café con leche, ó al menos algo que así se llamaba, y le dio un vaso del líquido h i r v i e n t e y un bollo al P e l ó n que ja m á s había probado aquel néctar, y que lloraba, en parte de gusto y en parte porque se le quemaba la boca. Después, ella le cogió de la mano y se fueron á la esquina de costumbre. De repente la Pitillera se estremeció; u n frío extraño corrió por todo su A cuerpo, y dijo con voz ronca: No, aquí no; sopla mucho viento: aquí cogió la m u e r t e el Pitillo. Y levantando al. niño, en brazos echó á con- er despavorida. El Pelón le puso las manitas en la cara y le preguntó con curiosidad: ¿Pero hoy n o pedimos? No; dijo ella: no pediremos nunca, nunca! Pidiendo s e murió mi hijo. El niño se quedó pensativo, y después de honda meditación, preguntó: Y entonces, ¿qué vamos á hacer? L a Pitillera se detuvo y respondió: No sé. Después de u n rato siguió diciendo: Trabajaremos. Y el niño insistió, porque no cabía en su cabecita que no se pidiese: ¿Cómo vamos á trabajar? Y la Pitillera, con extraña energía, insistió en su idea. Trabajaremos. Yo soy muy fuerte. Trabajaré por f. los dos, hasta que tú me ayudes. Y vuelta á su manía: Yo soy muy fuerte. Y a ves, ¡cuando no me h e muerto! U n a pausa jvcontinuó: Muy fuerte, muy fuerte; ya ves cómo t e aprieto. Y le estrechaba e n t r e sus brazos. E l niño, casi sin aliento, se reía á pesar de todo, y decía entre risas cortadas: Muy fuerte, muy fuerte; pero no me tires del pelo. Haz conmigo pitillos como con el otro. No quiero ser el Pelón: quiero ser el Pitillo. La mujer se echó á llorar, y le besó, llamándole PitiUo. Cuentan que, en efecto, l a m u j e r se hizo trabajadora, y el nuevo Pitillo no tuvo que morirse de pulmonía. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA. JOSÉ BOHEGARAY De la Real Academia Española