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KSTIYJLXvKS -Siempre me acordaré- -dijo Luis contemplando aquel grupo de jóvenes alegres de ambos sexos queden una plazoleta del Kétiro, á la sombra que proyectaban los árboles afiosos que entretejían sus ramas confundiendo sus hojas, entregábanse á los juegos retozones, que en las mañanas del verano constituj en la felicidad do la juventud. -Siempre me acordaré de un incidente que me quitó la afición al juego. ¿De azar? -De prendas. Los de azar ofrecen todavía menos azares. -No comprendo. ¿Tú no has sido nunca aficionado á estas diversiones? ¿Las de jugar con las muchachas al ratón y el gato, la gallina ciega y las ctiatro esquinas? No por cierto. Me ha faltado siempre vocación y aptitudes. -Pues yo sí; yo he sentido verdadera pasión por estas cosas; me gustaba el bullicio, la animación, la alegría del juego, que tan íntima confianza establece entre los que comparten sus encantoá. -lEs decir, que serías capaz de meterte ahora mismo en el corro- -No ya no. Si tuviese diez afíos menos, es posible, y si no me hubiese ocurrido lo que me ocurrió. ¿Y ello fué? -Aún tengo la señal. ¿Ves la hendidura marcada en este dedo? -Sí; ¿alguna caída? -Ño. Un mordisco que por poco me cuesta una falange. Fué jugando á la gallina ciega. Acostumbrábamos á reunimos en el jardín de casa de un amigo unos cuantos jóvenes, y como el calor impedía bailar, jugábamos. Una morena muy graciosa por la que yo sentía cierta inclinación, muy de su agrado á juzgar por las manifestaciones con que demostraba corresponderme, sintióse sin duda mortificada eñ su amor propio, ofendida en su dignidad ó celosa al ver que yo hacia objeto de mis preferencias y galanterías á otra: muchacha de la tertulia. Leí su rencor en la mirada de sus ojos negros, qué clavó en los míos con expresión siniestra. Pero no le di importancia al asunto. Hasta que en pleno juego, y cuando yo, actuando de gallina ciega, me encontraba con los ojos vendados en medio del corro, extendí las manos y comencé á dar vueltas en busca de una muchacha á quien coger. Ya tocaba el fino semblante de una de ellas, cuando un dolor agudo que sentí en un dedo me hizo lanzar un grito. Estalló una carcajada general. Yo me quité el pañuelo, y con muy mal talante á causa del dolor que sentía, pretendí averiguar quién había sido la infame que tan despiadadamente me mordió un dedo. Todas aseguraron que lo ignoraban, pero en la morenita de referencia sorprendí una expresión de triunfo que me proporcionó la clave del enigma. Y como incidente del juego pasó la cosa; pero chico, á los pocos días tenía inflamada toda la mano, y después de curada me quedó la señal que has visto. No me sorprende; fué mordedura de una mujer celosa ú ofendida en su vanidad, que son las dos únicas cosas que envenenan su sangre. Y considérate muy feliz, que aún pudo ser más profunda la herida, si en vez de contentarse con un dedo se le ocurre llegar hasta el corazón. E. BElíNAL DIBUJO 0 E MAD. GIRONELLA