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abrió, ya la visióa había desaparecido; menudos flecos de aquella aparente gasa flotaban en el espacio como blancas nubecillas, haciéndose cada vez más pequeños é invisibles, hasta desaparecer por completo. ¡Lo ve usted I ¿lo cree usted ahora? -dijo el guarda sonriendo maliciosamente. ¿Pero esto qué es? -se preguntaba Ricardo á sí mismo sin contestar al guarda, entre aterrorizado 3 confundido. Creyó por u n i n s t a n t e que se volvía loco; de repente iba á creer en todos los absurdos, en todos los cuentos de duendes y brujas que había leído en su vida, y con la vista fija en el punto de la aparición permaneció algunos segundos, helado su cuerpo por el terror y extraviada su razón por los pensamientos que se le agolpaban á la mente. De pronto sintió en el olfato una sensación que le era muy agradable y muy conocida: la del vapor de agua producido por la combustión del carbón de piedra. Su espíritu se tranquilizó i n s t a n t á n e a m e n t e -Yo conozco este olor, -dijo en voz alta. -jOómo! -exclamó el guarda dejando de son reir. -Sí lo conozco, -repitió Ricardo e x t r a ñ a n d o e tono de la voz de su interlocutor. r -Pues se ha perdió usted- -replicó; -y se aba lanzó á coger la escopeta de Ricardo, que estabs en el suelo. Pero éste, movido por el supremo ios tinto de la vida, anduvo m á s listo, dio u n empu jón al guarda, cogió el arma y disparó los dos ti ros sobre éste antes de que tuviera tiempo de levantarse. Al segundo tiro el guarda dio u n grito agud y Ricardo, apartándose algunos pasos, volvió cargar el arma. -No tire. usted más, señorito- -gritó con v e desfallecida el g u a r d a -no me mate usted estoy herido en una pierna. Ricardo, sin atreverse á dar un paso, esperó algunos momentos con el arma preparada; u n sudor helado corría por todo su cuerpo; á cada segundo esperaba que aquel bulto que estaba en el suelo se levantase y cayera sobre él. La oscuridad de la noche no le permitía ver si estaba herido de verdad ó mentía. Así pasó u n rato, que pareció á Ricardo un siglo; los quejidos del guarda iban en aumento, sus súplicas eran cada vez más desgarradoras, y por fin el joven se decidió á acercarse sin dejar de llevar el a r m a montada. El guarda, con efecto, estaba herido. Ricardo encendió u n a cerilla y vio en el suelo u n gran charco de sangre. Entonces los sentimientos de h u m a n i d a d se impusieron á los de la propia defensa; entró en la choza, encendió una tea, y valiéndose de su pañuelo y de su propia camisa, hizo u n vendaje para contener- la salida de la sa gre, que por instantes dejaba sin fuerzi al herido. Esta cura tranquilizó al guarda por un momento, y empezó á pedir perdón á Ricardo, suplicándole con lágrimas en los ojos que no le descubriera si sanaba de e: aquella herida. -La fantasma ya h a visto usté lo, que es: al otro lao del ribazo hay u n túnel que tiene un boquete encima. Por ahí sale todas las noches el humo al pasar el tren. Yo al prencipio creí que era un alma en pena, pero una m a ñ a n a registrando por allí vi la cueva, oí el ruido del tren y salió el h u m o como por la noche. Como tó el pueblo estaba asustao, m e callé el secreto, y usté únicamente paece que había entendió de lo que se trataba por eso quise matarle. ¿Pero por qué has de m a t a r al que lo descubra? -interrumpió Ricardo. P o r q u e too lo que se ha robao en el pueblo en estos diez años está en esa choza: porque como nadie se atreve á venir aquí... vendo yo la leña y los frutos y n o doy cuenta ni náa. Las lágrimas interrumpieron esta especie de confesión. Ricardo le prometió no decir nada de los delitos, y se despidió para avisar al JDueblo, ofreciéndole volver en seguida con gente para que le pudieran curar la herida, que. se achacaría á un accidente casual. Y cuando Ricardo descendía del monte con el ánimo impresionado por tan extraños sucesos, decía en alta voz: V SMM -La civilización y la superstición sirve para lo mismo entre la gente inculta: asusta á los miedosos y aprovecha á los pillos. EMILIO SÁNCHEZ PASTOR DIBUJOS DE MÉNDEZ BRIÍtGA