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DE LA CIVILIZACIÓN Cuando llegó Ricardo á t o m a r posesión de la herencia de su tío en TIDO de los pueblos menos nombrados de E s p a ñ a lo primero que le contaron los aldeanos fué que en el bosque próximo había un fantasma que por las noches se aparecía á las gentes, por lo cual nadie osaba pasar por allí después d e puesto el sol. Ricardo se rió m u c h o y no hizo caso del cuento; empezó por visitar las propiedades que constituían lo heredado, y se p r o p u s o dedicarse á lo mismo que el difunto: á hacer todo el bien posible. E n t r e las fincas había una situada precisamente en el bosque del fantasma, y nadie quiso acompañarle á visitarla ni aun de día. Se resignó á ir solo; cosió una escopeta de dos cañones, y sin temor alguno emprendió la caminata guiado por las señas que le dieron, y en la esperanza de encontrar al guarda, que allí vivía y que j a m á s baj a b a al pueblo. -E s e guarda debe ser el fantasma que estos ven, -pensaba Ricardo al ascender por una senda a b r u p t a t a p a d a á grandes trechos por la maleza. El viaje fué muy fatigoso; cien veces se creyó perdido, y otras t a n t a s estuvo para volver sobre sus pasos porque sus pies no podían resistir m á s aquel andar sobre duros peñascos, ni sus manos iñazos de las zarzamoras, que tenía que apartar icuencia para continuar la marcha. Sn, después de tres cuartos de hora de ascensión, 1 p e q u e ñ a choza medio oculta entre u n grupo de s. Allí se dirigió ansioso de descansar, y confor anzaba iba notando que lo agreste del terreno iba rápidamente; había entrado en u n a especie (eta, plana, pelada, y en la cual se destacaba la i a del guarda rodeada por un pequeño número de 3 y cercada de arbustos cubiertos de flores. oz de lalto! d a d a á su espalda estremeció de rei Ricardo. e! guarda de la heredad, que con hosco semblante i haber salido de debajo de la tierra. íué quiere usted? -dijo Ricardo cuando se hubo sorpresa. én es usted, -contestó el guarda, replicó el joven. 5 más respetuoso, y comenzaron las explicaciones. t to había llegado al pueblo; pero no creyó nunca eraba que antes le hubiera mandado llamar para -si guarda volvió á ponerse serio. indo la cabeza. 4. -I r; Id. r I ta noche conmigo, e n t r e doce y doce y media le ipio le dictó en seguida la respuesta. -Me quedo, y es posible que estando yo aquí no salga. Entonces quien soltó la carcajada fué el guarda. -I Que n o s a l d r á! E s t a n d o la noche clara n o falta. Ricardo no hizo caso de la risa de aquel hombre, y mientras cortaba algunas frutas de los árboles próximos á la vivienda para refrigerarse, se atrevió á decirle: -Y el fantasma, ¿es hombre ó mujer? El guarda le miró con ojos de compasión. -Se burla usted ahora, señorito. A las doce de la noche me lo dirá usted; yo llevo diez años viéndolo, y en todavía me asusto. -Diez años- -dijo Ricardo; -vamos, es un fantasma antiguo. Supongo que cenaremos bien antes de verle. L a cena consistía en medio conejo frío, guisado del día anterior, y en buen vino, porque el guarda tenía el mosto a b u n d a n t e en su h u m i l d e choza. El sol empezaba á declinar, y Ricardo, a u n q u e no sentía miedo, experimentaba cierta preocupación por la tranquilidad con que aquel hombre hablaba del asunto. Y entonces vino á su mente u n a idea que hasta entonces no se le había ocurrido. El guarda podía ser un crimina! que p a r a realizar sus fechorías hacía de fantas- íf