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PLAZA DE COLON Hace días que comenzó la desbandada, y ya va adquiriendo los caracteres de un sálvese quien pueda I general. A los simones no hay que decirles la dirección; sube uno á su vehículo, y el caballo echa á andar camino de la estación del Norte. A las últimas horas de la tarde, la cuesta de San Vicente parece Ja de la calle de Alcalá en día de corrida con banderillas de lujo, percalina y hule. j Cómo bajan por aquella cuesta los pobres jamelgos peseteros I Ni que en vez del espréss les esperase la cebada! fQuó gallardía de movimientos y qué velocidad cuesta abajo 1 ¡Hasta hay jaco que trota y penco que amenaza desbocarse! Y el auriga, con el pescante lleno de maletas, tiene que decirle de vez en cuando, haciendo como que le tira de las riendas: ¡Calma, Eubio, calma, q u e t j i y yo no vamos todavía á San Sebastián! En esto, el desvencijado carruaje suena con el último estertor, se rompe una rueda, y tampoco el viajero que ocupaba el vehículo sale aquella tarde para la capital de Guipúzcoa, sino para la Casa de Socorro. Pero, en fin, salvo esos naturales accidentes, el aspecto de la cuesta de San Vicente á las últimas de la tarde no puede ser estos días más alegre. Parece el itinerario de una población que se muda, ó á la cual se la lleva el demonio con arreglo á aquel adagio tan español: Ya que me lleve el diablo, que me lleve en coche! Gritan los mayorales de los ómnibus, trotan los caballos de los simones, disputan los cocheros desde sus respectivos pescantes, pitan los conductores de los tranvías, silba la máquina del expréss, y un ruido sordo de mil carruajes que se despeñan atruena el espacio. El sol, que ya se iba hundiendo tras de las lomas de la Casa de Campo, se detiene un instante y asoma media cara preguntando: ¿Pero qué pasa en Madrid? ¿Se han vuelto locos ó les ha regenerado Silvela? Y acaba de hundirse el abrasador Febo sin saber que todos aquellos madrileños que él toma por locos ó por regenerados, van huyendo de él. ¡Precisamente cuando él va huyendo de todos los madrileños! Pero si es alegre el cuadro de la bajada á la estación, qué triste, en cambio, el retorno de los coches vacíos á Madrid. ¡tln simón cuesta arriba! No hay nada más fúnebre en el mundo. El pobre jaco, que tan boyante y alegre bajó, se acuerda entonces de la pica. El cochero gallego siente la morriña hasta el llanto y hasta la primera taberna; el coche cruje y rechina como diciendo: ¡Yo no estoy ya para estas pendientes! La noche cae bañada en sudor. ¡Apartemos la vista de tan lamentable espectáculo! Bueno; pero si Madrid se ha quedado sin gente, ha llenádose, en cambio, de leones y de académicos. Demos por esta vez la preferencia á los primeros. Leones en el circo de Colón presentados por la domadora condesa X, incógnita nobiliaria que desearé no despejen al fin los feroces animalitos. Yleones en el circo de Price bajo el látigo del afamado domador Malleu. Pues si de las jaulas pasamos á las Academias... ¡aún hay más leones! Lo mismo á la de la Lengua que á la de la Historia, que á la de Medicina, les ha entrado el furor de abrirse. Habrá que poner por esta época en los calendarios: íCiérranse las velaciones y ábrense las Academias. i Ya no se oye en Madrid más qué rugidos de leones, y discursos académicos! Después de todo, la invasión de leones se explica lógicamente. Son los reyes del desierto y Madrid se va quedando para que le envidie el Sahara. Si los leones X de la condesa salieran cualquier día á las tres dé la tarde por la calle de Alcalá, tendrían que pedirle á la condesa la sombrilla; y en cuanto á carne fresca de madrileño, ¡ya estaban frescos! ¡Como no se comieran un poste del tranvía! Pero la invasión de académicos, ¿por qué? ¿Será esa una nueva manera de veranear? Juro que he de enterarme, y si mi presunción se confirma, se lo advertiré á los lectores á principios del verano próximo, para que en vez de pedir cuarto en San Sebastián, pidan sillón en cualquiera Academia. ¡Qué encanto poder veranear en la Zurrióla de la Lengua ó en el Sardinero de la Historia! Progresamos notablemente en la falsificación. Sólo una lotería de Madrid ha tenido que rechazar siete décimos premiados, pero falsos. De modo que ya lo saben los jugadores: para que le toque á uno la lotería, no hay como comprar un décimo falsificado. ¡Por eso sin duda nos acaban de tocar á los españoles más de doscientos mil kilómetros cuadrados en África! Gozamos la suerte de poseer un décimo falso. ¿Dónde? En el cajón de las garantías constitucionales. La llave la tiene el Sr. Silvela, y es falsa también! PABLO DH E L C A N O