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PODER DEL ARTE Veraneaba la respetable duquesa en una playa de moda, pero vivía lejos del bullicio mundano del estío. Había alquilado una Villa lejos de la ciudad y del mar, del lado del campo, y allí entretenía los achaques de sus sesenta años paseándose por el jardinito de día y jugando al tresillo por la noche con dos generales y u n magistrado t a n viejos como ella. Amenizaba estas soirées íntimas su hija Carlota, hermosa heredera de la exhermosa duquesa, tocando el Piano y bostezando á la vez que repasaba perezosamente las teclas, porque se aburría soberanamente, y además estaba enamorada, á los treinta años, de u n hombre á quien su respetable madre le había prohibido amar, ¡como si estas cosas pudieran prohibirse! La duquesa era muy desgraciada, mucho. Su hijo mayor, Ernesto, después de haberse jugado una fortuna, había desaparecido de Madrid hacía diez años sin que ee hubiera sabido de él en t a n largo espacio de tiempo; su esposo, el duque, se había muerto de pena por la desaparición del heredero de su nombre y grandezas; y su hija Carlota se había prendado de u n actor muy conocido, y juraba que no se casaría más que con él ó se metería monja si su madre la duquesa persistía en poner el veto á tales amores. La duquesa era intransigentísima en punto á división de castas, clases y personas. Antes quisiera ver á su hija muerta que mujer de u n cómico; y en cnanto á su hijo Ernesto, cuya larga ausencia y acaso la m u e r t e lloraba todos los días, prefería suponerle fallecido á haberle visto músico como pretendía serlo antes de su fuga, porque para esta noble señora lo mismo daba ser artista que obrero; para ella cuanto significaba trabajo era incompatible con las tradiciones de su casa. Era noble de raza y no admitía más que nobles en la familia. A Carlota la tenía aislada de todas s a s amigas para que ni por asomo pudiera entenderse con el comiquillo, como llamaba ella al picaro que pretendía ingerirse en su familia, y por eso en los veraneos se aislaba ella también, sin dejar- de tratar, por supuesto, á las familias nobles, parientas ó amigas suyas, que veraneaban en Ja misma playa. El día en que sucedió lo que voy á contar, estuvieron por la tarde á ver á la duquesa, la marquesa, su sobrina y la generala, su prima, y después de la conversación y chismorroteo inofensivo, la marquesa le dijo: -Mañana llega una compañía de verso que no va á dar más que tres representaciones. H a n hecho un abono de toda la aristocracia que veranea aquí, y te hemos reservado u n palco. La duquesa hizo u n gesto de gran contrariedad y á Carlota se le alegraron los ojos. La marquesa, que ya estaba al tanto de lo que ocurría en la casa, se echó á reir y dijo: -Ni hay razón para que t ú t e alarmes, ni para que mi prima se ponga tan contenta, porque si la compañía que viene mañana fuese aquélla en que es parte principal el oso de ésta (y señalaba á su prima) yo me hubiera guardado muy bien de reservar u n palco para vosotras. Los cómicos que vamos á oir son otros, y yo os respondo de que no hay entre ellos ninguno que conozcáis. E n prueba de ello, aquí os dejo el palco y el programa; y adiós, porque es t a r d e y tengo que comer con las de Oscuna. Al decir esto, la marquesa dejó programa y palco sobre una mesa, dio dos besos á la madre y otros dos á la hija, y se marchó acompañada hasta el jardín por Carlota, la cual le agradeció con mil palabras la noche de expansión que le procuraba. -Lo h e h e c h o por ti- -dijo la marquesita, -porque me figuro lo a b u r r i d a que estarás aquí entre cuatro paredes. ¡Ay! no lo sabes bien; el campo es muy bonito, pero en estas condiciones lo detesto. ¿Y sigues enamorada?