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Hablemos de la China. Ese inmenso Impesio, regido por la mano despótica y un tanto maleante de la emperatriz viuda, despierta hoy la curiosidad de los madrileños y sirve de tema á todas las conversaciones no denunciables. En Madrid sentimos viva simpatía por los chinos, y esa simpatía está sólidamente fundada en los motivos siguientes: Primero: aquí, á pesar de todo, continuamos padeciendo cierta debilidad por la gente de coleta. Tan cierto es lo que digo, que en cuanto se aventura por las callea céntricas uno de los coletudos individuos de la legación China, ya están todos los transeúntes diciéndole: jOlé tu madre monosilábica! Además, próximos á la Pradera del Canal hay unos campos llamados de la China, en cuyos merenderos celebra la gente del bronce lo mismo el nacimiento de un vastago, que el robo de un reloj ó el asalto de un escaparate. Ésos merenderos de la China constituyen el paraíso de los golfos madrileños. Y de las potencias europeas de primer orden, que se han propuesto merendarse el vasto imperio del extremo Oriente. Pasemos á otro motivo; ¿Cuál es la prenda que más entusiasma á las gallardas mozas de nuestros barrios bajos, tanto por lo deslumbradora como por lo empeñable? líi que decir tiene: el mantón de la China. Ese mismo mantón de cuyos flecos tiran hoy todas las grandes potencias europeas, y eljapón gritando: lAmí me corresponde ese pájaro! ¡á mí aquel manojo de flores! ¡Oh, Salvador Eueda, cómo van á ponerte entre unos y otros el mantón colorista de la musal Y sobre todos esos motivos y muchos más que me dejo en el tintero, existe el poderosísimo para nuestra simpatía chinesca de que todos los gobiernos, exceptuando al presente, nos han engañado siempre como á chinos. Pero con eso de la suspensión de las garantías, sépanlo los ingleses, los rusos, los franceses, los japoneses, los alemanes, los italianos: á quienes nos ha tocado la china ha sido á los madrileños. Y á pesar de la suspensión de las garantías, Madrid, gracias á las verbenas de San Juan y de San Pedro, huele que apesta á aceite frito. En los mil y mil puestos de la verbena, aglomeran los vendedores innumerables tiestos de albahaca, rosales floridos, claveles dobles y hierbas de olor. Pues bien; no se huele en toda la verbena y en todo el resto de Madrid más que á aceite frito. Basta una buñolería para concluir con todos los aromas gratos y delicados que exhalan flores y plantas olorosas profusamente exhibidas en las verbenas. Por eso un amigo mío muy ministerial me decía: -Los periódicos de oposición son injustísimos siempre con los Gobiernos. Este que ahora tenemos ha hecho mil y mil cosas buenas dignas de figurar en otras tantas macetas al lado de esos clavelones, rosales y hierbas luisas, y aquellos periódicos, hurtando las narices á tan suaves y regeneradores aromas, se empeñan en decir que sólo huele á aceite frito. S e r á por algún buñuelo! argüí yo. ¡Y que sea por algún buñuelo! -replicóme incomodado. -Eso de la buñolería lo llevamos todos los españoles en la masa de la sangre. ¡Y buena se nos está poniendo con este calor insoportable que ha caído sobre Madrid! Hay espíritus investigadores que lo relacionan con el celeste fenómeno, y afirman muy convencidos que ese calor inaguantable proviene, ¿de qué dirán ustedes? Del eclipse de sol. Pero corno después hemos tenido otro eclipse, el de las garantías, yo creo que, pese á esos Flammariones, el calor proviene, no del penúltimo, sino del último fenómeno. El Gobierno puso entonces toda la carne en el asador, y nos la está achicharrando. El Sr. D. Manuel Allende Salazar no es un alcalde madrileño como tantos otros, desaprensivo y perezoso. En el corto tiempo que lleva al frente del Municipio, ha hecho más que preocuparse de la limpieza de la villa; se ha preocupado de la limpieza de los encargados de la misma. Los barrenderos, gracias al señor alcalde, lucen actualmente magníficos trajes nuevos y preciosas gorras chauffeur. Cuando empujan un carretón, se siente hasta el olor del automóvil. No h. ny duda de que con su nuevo y coquetón trajecito, los barrenderos barrerán mucho mejor. ¡Por de pronto, al verles sin aquellos descomunales paveros, parece que les han barrido las cabezas! Y la gorra chauffeur les caemuy bien! Apenas se reurlen seis barrendero en una calle, ésta se convierte en eíboulévard á San Sebastián, y el que los contempla veranea gratis. Mi ferviente enhorabuena al señor alcalde, Gabriel D Annunzio de los barrenderos. La estética de éstos ha ganado muchísimo. Ahora, ¡á las escobas con palmas académicas! PABLO DE E L C A N O Fotografía Aseajo