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-Del cura- -repitió, -que vive en el pueblo porque yo no h e querido contar m u c h a s cosas. Y dando pábulo á su condición de mal pensada, ensartó una porción de frases mortificantes para el sacerdote, h i l v a n a n d o hechos que aislados eran inocentes, y juntos, verdaderos delitos, p a r a atribuir á la m á s refinada malevolencia lo que era u n acto de franca amistad y hasta el cumplimiento de u n deber de conciencia. Para doña Tomasa ya no había duda: era el cura el inventor de todo, y en ese tema hubiera seguido muchos días si su marido n o h u b i e r a comprobado con habilidad que el jefe de la estación, con efecto, había referido las palabras del teniente. No hubo m á s remedio que decidirse á dar el paso más grave: escribir al teniente preguntándole en qué se había podido fundar para calumniar á la hija del juez de Arrióla. La carta debía ser seca; doña Tomasa quería que se llenase de injurias, p e r o su marido triunfó e n la batalla librada para la redacción del documento, y s e redujo á las siguientes palabras: I Muy señor mío: A vuelta de correo me dirá usted la intención que le h a movido á calumniar á Luisa ante el jefe de la estación de este pueblo, ó quién ha inventado tales infamias, si usted habló por referencia. Y seguía la firma del juez con los dos apellidos, p a r a que no hubiese d u d a respecto de la persona de quien se trataba. A los dos días el juez y su esposa esperaron con ansiedad la llegada del correo; los minutos se les hacían siglos; y como todo llega en la tierra, llegó la hora, llegó el cartero, y llegó la carta. Eoto el sobre, los ojos del juez y de doña Tomasa se lanzaron con avidez en el pliego. Tenía pocas líneas y decía: Muy señor mío: Yo no sé quién es Luisa, pero las palabras que dije con h a r t a ligere. za al jefe de la estación, se las había oído horas antes á doña Tomasa. j ¡A mí! -gritó furiosa la mujer del juez. Esto es una nueva infamia. ¿Cómo había yo d e calumniar á m i hija? ¡Ese h o m b r e! fistá loco! ¿P e r o t á qué hablaste con él? -dijo el z, que sabía por experiencia h a s t a qué p u n t o era su mujer capaz de toda clase de indiscreciones. ¿Qué hablé? ¡Qué sé yo! Es decir, me acuerdo que me contó que en la estación había visto á la hija del boticario y que le había gustado mucho, y yo le dije la verdad, lo que todo el m u n d o sabe: que era u n a pájara de cuenta. ¿Pero conocía él á esa muchacha? -replicó el juez temblando. -No, pero me habló de una que llevaba u n i m p e r m e a b l e y como en el pueblo no hay otra que lo Í K -I Desgraciada I- -gritó el juez furioso. -Dios t e h a castigado por tu mala lengua. -I Por q u é! -La que llevaba el impermeable aquella m a ñ a n a era t u hija, que como estrenaba u n vestido y empezó á llover, se lo quitó esa á quien t ú calumnias tanto p a r a que se tapara Luisa. E l juez pidió su traslado p a r a otro punto; pero antes que él llegase á t o m a r posesión del destino, se había repartido la mala fama de Luisa, con el m a y o r secreto por supuesto, por todas las tertulias d e l pueblo. Doña Tomasa ya no habla. Llora y ve á su hija soltera siempre y resignada al desvío general, sin poder explicarse la causa. E M I L I O SÁNCHEZ PASTOE DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA