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-Sí, esta mañana- -contestó el oficial por hablar algo- -había aquí buenas mujeres. Sobre todo una que llevaba un impermeable. -Esa es la más bonita del pueblo, -exclamó el jefe entusiasmado. -Sí, -pero es lástima que en Madrid siga una conducta tan mala, -replicó el oficial por dársela dé bien enterado. El jefe de la estación abrió los ojos desmesuradamente, quiso contestar algo, pero el pito de la locomotora le cortó la palabra, y dio media vuelta para cumplir sus funciones. Habría pasado un mes desde el día de la visita del teniente, cuando doña Tomasa empezó á notar que; su conversación era menos buscada por el elemento femenino del pueblo; las visitas empezaron á ser menos frecuentes y más ceremoniosas, y hasta Luisita, que nunca habla tenido novio, pero que recibía una declaración por semana, dejó de ser obse, quiada por los pollos de la localidad y casi casi desapareció el asedio de sus galanterías. Doña Tomasa, que al principio no dio á esto importancia alguna, redobló sus calumnias contra los que abandonaban su trato, y cada día se le ocurría un chiste más ó menos sangriento contra ellos, sin perdonar por esto alsexo masculino, para cuyos individuos tenía también un repertorio de historias más ó menos verosímiles, pero todas de las que hieren en lo vivo y levantan ampollas. El desvío general, en tanto, llegó á términos, que al celebrarse en el casino el bailé aníial que se daba con motivo de las fiestas de la Patrona del pueblo, no fué invitado ni el juez ni la familia. Doña Tomasa se encorajinó mucho, Luisa lloró como una Magdalena, y el juez se propuso pedir explicaciones á la junta directiva del casino, aunque perdiera la carrera por batirse con todos sus individuos. No llegó á hacerlo, porque el cura, que había sido condiscípulo del juez y con quien se tuteaba, le llamó á la casa rectoral, y con la franqueza para que le autorizaban su estado, sus años y su amistad, le habló clarito: Al casino no habían sido invitados porque en el pueblo se sabía que cuando Luisa iba á Madrid observaba una conducta poco edificante. 4 1? i 1 t íl j- mBSL -i i í J. 1 1. 1 interrumpió el cura; -pero eso se aice, y quie roque lo sepas para que lo puedas desmentir. ¿Pero quién ha inventado eso? J -Pues aquel teniente que vino hace tres meses á reco- ger los quintos. Se lo dijo al jefe de la estación, y por ahí conienzó el reguero de pólvora que ha prendido en todos los ánimos. El juez, cuidando de que Luisa no se enterase, refirió á su mujer lo ocurrido. Ésta en el primer ruomento quedó como anonadada, y cuando se repuso empei ó á llover maldiciones sobre el teniente, sobre el jefe de la estación y sobre todo el pueblo, para acabar, como de costumbre, con la más estupenda y más maliciosa de- -lEso es invención del cura! -gritó. Pero, mujerl