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r V i- v a o- V- a. jL ji y- L x i. y JL- B X X- L J -Hablar mal del prójimo- -decía doña Tomasa- -será pecado, pero yo no encuentro nada más agradable 3 n la vida. Doña Tomasa era la, jueza de Arrióla, es decir, la esposa del juez de instrucción de aquel partido. Su tertulia era concurridísima, su conversación buscada; el que quería saber los defectos leves y graves de toda la gente del pueblo, no tenía más que hablar un cuarto de hora con doña Tomasa. Tenía verbosidad, gracia y mala intención, y muchas veceb su palabra había producido torrentes de lágrimas; pero eso no la importaba; ella no inventaba nada, según decía; aunque no era cierto, repetía lo que la contaban, y en último caso sacaba su gran argumento: que la gente no haga cosas malas y no se contarán. Excusado es decir que para ella eran textos sagrados los dichos populares Piensa mal y acertarás; Guanas el río suena, agua lleva; No la hagas y no la temas, y otros de igual filosofía é intención. Llegó un día al pueblo un teniente de caballería encargado de recoger los quintos de la zona; llevaba la misión además de hacer una visita al juez de parte de su padre, de quien era amigo, y al realizar este paso de cortesía, sólo estaba en la casa doña Tomasa. El juez había salido con su hija Luisa de paseo. Pero la, jueza no se apuró por encontrarse sola con un desconocido, y empezó á dar pruebas de sus grandes dotes oratorias, pasando revista á toda la gente conocida de Madrid. Cuando el teniente iba á despedirse, doña Tomasa, que se moría por hablar algo de la localidad, le dijo: -Si viene usted á vivir á este pueblo, ya verá usted qué chicas tan guapas hay en él. -Yo me tengo que marchar hoy mismo- -contestó el militar- -en el tren de las ocho, y probablemente no volveré más en mi vida. -Pues las hay muy hermosas, -insistió doña Tomasa. -Sí; en la estación- -dijo el teniente, -al llegar esta mañana, había cuatro ó cinco señoritas hermosísimas. Una sobre todo, que llevaba un impermeable muy elegante porque estaba lloviendo cuando llegó el tren, tenía toda la cara de un ángel. Y aquí entró doña Tomasa en funciones. La del impermeable no podía ser más que la hija del boticario, porque era la única que lo usaba en el pueblo. -Es una amiga de mi hija Luisa- -dijo misteriosamente; -pero yo estoy haciendo lo posible porque se acaben esas amistades. Esa del impermeable ha estado en Madrid muchas veces, y allí lleva una vida En fin, no quiero entretenerle á usted contándole cosas, porque no acabaría nunca. Y al teniente, que por lo visto no le interesaba mucho la historia, cortó la conversación y se despidió, expresando su sentimiento por no poder volver á ver al señor juez, dado lo rápido de su viaje. Cuando el juez volvió con su hija de paseo, sintió mucho no haber estado presente, por tratarse del hijo de un amigo que estimaba mucho, y lo sintió más Luisa, porque en un pueblo se reciben pocas veces visitas de Madrid y hay pocos militares que ver. Cuando al anochecer, el teniente con los quintos se hallaba en el andén esperando la llegada del mixto, el jefe de la estación, que era hombre de una amabilidad extremada, se acercó á él y lé dijo: -Ahora no está la estación tan alegre como cuando usted llegó. A esta hora no vienen por aquí las chicas que suelen estar por la mañana paseando por el andén.