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Al cabo de ese tiempo, y cuando debía creer lógicamente que en el corazón de mi hermano no quedaban ni restos de sus antiguos rencores, regresé- ¡en mala horal- -á mis antiguos lares. Mi madre había muerto tres años antes de mi regreso, y mi hermano, casado ya, estaba, naturalmente, en posesión de toda nuestra fortuna, que era cuantiosa. A mí me tenían por muerto, y puede usted figurarse la sorpresa y el estupor de mi hermano al saber mi resurrección, con la cual revivían, al par que sus antiguos odios, la certidumbre de perder la mitad de la que él llamaba SM fortuna. Nuestra primera entrevista fué terrible. Me insultó de tal suerte, que perdí la calma; vinimos á las manos, trabóse lucha formidable, y á los pocos momentos caía yo mortalmente herido en la cabeza, á consecuencia de un golpe que hubo de asestarme con una llave inglesa Perdí el conocimiento. No sé el tiempo que permanecí en tal estado. Eecuerdo que al despertar como de un sueño larguísimo, me encontré acostado, vendada la cabeza, y tan débil, que ni fuerzas tenía para hablar. La habitación estaba casi á obscuras, y tres personas hablaban mu bajo cerca de mi cama. Eran el médico, mi hermano y mi cuñada. El médico decía: -Ahora respondo ya de su vida, pero no de su razón. Es muy po 9 Íble, casi seguro, que quede loco. Mi hermano nada contestó, y poco después se marchó el médico. El diálogo que sostuvieron mi hermano y mi cuñada al quedarse solos, me heló la sangre en las venas, la poca sangre que me quedaba Mi hermano, frío, implacable, cruel hasta un extremo increíble, aseguró que la única solución viable era mi locura; que si el médico se había equivocado y yo tornaba á la razón, al volver á la vida estaba firmada mi sentencia de muerte. El veneno, el puñal, asesinos pagados Todos los medios le parecíau buenos para desembarazarse de mí, I todo, antes que partir conmigo la herencia de nuestra madre! Mi cuñada hacía alguna tímida observación, que sólo servía para aumentar el furor de mi hermano Yo oí todo esto; cerré los ojos ante el temor de que pudieran acercarse y notar mi espanto y medité medité muchas horas sobre aquel dilema terrible Perdidas las ilusiones juveniles, no creyendo en el amor ni en la amistad, lanzado de la famiv lia por la avaricia cruel y el oro inextinguible, ¿qué más daba morir de una ó de otra manera? Me resolví por la muerte moral, decidiendo no volver á la razón; y acreditando la perspicacia de aquel sabio médico, comencé á desbarrar de modo perfecto, cosa bien fácil aun para los que no ponen en ello empeño decidido. Curé de mis heridas, seguí disparatando, y pocos días después me trajeron aquí, me instalaron cómoda y confortablemente, como usted ve, y aquí me paso la vida leyendo mucho, escribiendo poco, paseando por el jardín del establecimiento, y persuadido de que ya para mi no hay cosa mejor. Y aquí termina mi relato. ¿Qué le 4, parece á usted? ¿Hay ó no hay drama en lo que acabo de contarle? -Indudablemente- -le contesté; -pero falta un elemento principalísimo: el amor. -Invéntelo- -me replicó sonriendo desdeñosamente. -En la realidad casi siempre es mentira, y el teatro debe ser, en lo posible, reflejo de la vida. Salí del manicomio zumbándome los oídos, turbado el espíritu y angustiado el corazón. ¿Era verdad aquella infamia, ó se trataba sencillamente de la manía de un pobre loco que parecía cuerdo? ¿Habría contado á otros la misma historia? ¿Sería aquél precisamente el signo característico de su locura? Tentado estuve por contar el caso al director del establecimiento; pero había prometido guardar el secreto, y no tuve valor para faltar á mi palabra ni aun tratándose de un loco auténtico, y aquel hombre me parecía, cuando menos, un loco problemático. De todas suertes, renuncié á escribir aqiiel drama, persuadido de que el público lo tendría por inverosímil. Y es que la realidad va, en ocasiones, mucho más lejos que la fantasía del más soñador de los poetas. FRAKCISCO F L O R E S G A R C Í A DIBUJOS DE ANDRADE