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uchos afios. tuve el propósito de esI d r a m a cuyo protagonista había de ri o en momentos lúcidos, y al objeto i- ij J- a a u a r a, m i obra el mayor grado posible de J verosimilitud, quise estu iar M caso. de la realidad. P a r a realizar mi deseo, V liice durante nn mes frecuentes visitas al manicomio de El personaje del drama tenía que razonar con relativa cordura durante dos horas, ó sea el espacio de la acción, en la cual me proponía que hubiese rigmrosa unidad de lugar y de tiempo. Por tal razón, mis visitas eran muy: largas. E n aquella sociedad extraña llegué á tener amigos, y en honor, á la verdad, debo decir que traté algunos locos más cuerdos que muchos que andan sueltos por ahí... y hasta suelen p a s a r por sabios. Estaba satisfecho, no del descubrimiento, sino de la confirmación de m i teoría, porque esa era, ó i b a á ser, la tesis de mi obra. Cuando y a iba á dar p o r terminado el estudio, y e n verdad n o muy satisfecho d e mis dotes d e observador, u n a tarde díjome el director del establecimiento- -h o m b r e t a n sabio como filántropo- -que u n loco de cierta categoría- -que también hay clases entre los locos, -y que tal vez era el único que yo n o hubiese visto, tenía vivos deseos de conocerme y de echar u n párrafo á solas conmigo. Lo de á solas me alarmó un tanto; pero el director me tranquilizó, afirmando que se trataba del más pacífico de sus huéspedes. -Se trata- -añadió- -de u n loco que n o lo parece, h o m b r e instruido, d e a m e n a conversación y por extremo simpático. Acto continuo fui conducido á las habitaciones del loco de cierta categoría, y verificóse la presentación con la misma sencillez y naturalidad que en el hogar tranquilo del m á s cuerdo ciudadano. Sorprendióme á primera vista el lujo de aquellas habitaciones, u n dormitorio y u n gabinete e n los cuales había d e cuanto han inventado la comodidad y el arte, sabiamente unidos por mano inteligente y cariñosa. La biblioteca era selecta. El loco tan confortablemente alojado era un hombre como de cuarenta y cinco años, de elevada estatura, enjuto de carnes, facciones finas y delicadas, ojos negros, grandes y expresivos, barba gris cuidada con esníero, y ni en su traje- -cortado por el i Itimo figurín, -ni en su ademán ni en nada, revelaba el menor síntoma de locura. Principió p o r obsequiarme con un magnífico habano, y en cuanto nos quedamos solos, habló de esta manera: -Sé que viene usted aquí á buscar un drama. -A estudiar M caso, -le repliqué. -Es lo mismo. El caso puedo ser yo, y el d r a m a la historia de m i vida. Si usted m e empeña su palabra d e variar los n o m b r e s de los personajes y el lugar de la acción, yo le doy á usted el drama, drama interesante, sombrío, terrible, conmovedor Al hablar así, sus ojos echaban chispas, y yo miraba hacia la puejta con cierto temor- -Tranquilícese usted- -me dijo sonriendo. -Cuando entonces n o m e volví loco de veras, es que en m i razón no cabe la locura. Cuando le h u b e prometido la discreción que pedía, se expresó en los términos siguientes: -Perdí á m i padre siendo aún muy niño, y el cariño exagerado de m i madre, no compartido en la propia medida por l a i h e r m a n o mayor y único, fué el origen de mis desventuras. Mi h e r m a n o e r a violento, atrabiliario, irascible, y quizás p o r éstas sus condiciones de carácter, muy, opuest a s á las mías, e r a preterido e n la estimación de aquella santa inujer. Celoso y envidioso, me maltrataba frecuentemente de palabra, y do obra. Yo, sin embargo, le quería y le respetaba, abrigando la esperanza de que el tiempo y la reflexión matasen aquella tremenda, rivalidad. ífo sucedió así. El tiempo avivó el odio d e m i h e r m a n o al traspasar las fronteras de la infancia, y no queriendo yo resucitar la tragedia- de Caín y Abel, resolví marcharme; sacrificio terrible, espantoso, porque sabía el dolor que iba á causar á. m i pobre madre... Resuelto como estaba á que mi eliminación fuese conipleta, ni dije dónde iba, ni escribí una carta durante diez años que empleé e a recorrer casi toda la América. i