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Por diversas circunstancias, habían transcurrido varios años sin que aun en esa solemnidad liiciese el altar de plata su aparición en el templo; pero toda la ciudad sabía que aquel año podrían los fieles desbordar su admiración contemplando tal prodigio de arte y de riqueza. Próxima ya la festividad del Corpus, soñaba el niño todas las noches con la emoción que le produciría la vista del iluminado altar de plata. Loco con estas imaginaciones, confesaba á su m a d r e que al p u n t o de dormirse veía de pronto una gran claridad, tan resplandeciente y deslumbradora, que le daba miedo. Incorporábase asustado en la cuna, costándole después larga fatiga conciliar el sueño. Síntoma era sin duda ese d e s l u m b r a m i e n t o súbito de la enfermedad que iba á hacer presa en su débil cuerpo, p o r q u e u n día antes de la anhelada semana del Corpus rindió la fiebre sus fuerzas y levantó el delirio en su alma inocente. ¿Cómo pintar la inmensa angustia de su madre y el estupor. de D. Antonio? IncUnados sobre el lecho del enfermito, pretendían darle vida con sus ojos. ¿Qué quieres? le preguntaban llamando á su voluntad para que le volviera la salud; y él nada respondía. Mas cuando el delirio fatigaba sus labios, el infeliz refería siempre todas las morbosas divagaciones de su, imaginao) ón al altar de plata. E n esta terrible l u c h a s e ¿sostuvo tres días; mas en la í S J noche del miércoles la rigi í- i d e z cadavérica empezó á i apoderarse de su cuerpo, é inclinando sobre el hombro -íj derecho la cabeza como si V j buscase apoyo por última vez en el regazo de su maI dre, expiró dulcemente. Veló D. Antonio toda la noche su cadáver y no derramó iqué horrible pena la suyal una sola lágrima. E n su espíritu se había hecho lí añicos el rosetón de luces y colores. Muy de mañana, después de besar con un beso muy largo I para siempre! la cara del n i ñ o salió maquinalmente de su casa y se dirigió á la catedral. Reinaba en el t e m p l o Y 9 profundo silencio, m i s t e riosa obscuridad. Llegó don Antonio a l presbiterio, y arrodillándose ante e l altar, hundió la cabeza entre las manos. I n t e n t ó rezar j no pudo; la voz se le agarraba á la garganta como con u ñ a s de acero. Entregado á su trágico dolor, le rozaban las horas sin que él se diera cuenta de su paso. Sólo sabía de su propia vida por su propia angustia; lo d e m á s no existía para él. Durante largo tiempo n a d a vio, nada oyó mas que su pena; pero de súbito, el alegre repique de las campanas de la catedral, cayendo desde lo alto de la torre como si llovieran risas, le arrancó b r u s c a m e n t e de su letargo. Alzó D. Antonio la cabeza, y una ola de deslumbradora claiidad relampagueó en sus ojos. E l altar de plata ardía lleno de luces, arrojando vivísimas irradiaciones que fingían incendios en. el aire. D. Antonio, deslüihbrado, ciego, levantóse, dio dos ó tres pasos inciertos, tendió los brazos y cayó con los ojos llenos de lágrimas ante el altar de plata. Tal vez al mismo tiempo caería d e s l u m b r a d a ante el trono de Dios el alma del niño. ¡Y felices los que así se deslumhran! J o s DE ROURE m- DIBUJOS DE HÜERTA. S