Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
M -i i V LO QUE DESLUMBRP Preaiiaron la virtud del humilde sacerdote D. Antoaio Gracia nombrándole canónigo de Albora, ciudad antiquísima, cuya situación señala en el mapa de la península un pequeño círculo con un nombre encima y dos dedos de olvido en derredor. Tiene, sin embargo, esa ciudad puesto tan preeminente en la patria historia, que si su nombre se pronunciara entre laureles agostados, éstos reverdecerían al oirlo; mas ya de toda su gloria y de todo su esplendor sólo conserva unos ruinosos murallones que circuyen á una maraña de callejuelas, y una catedral, delicia del arte y asombro de los ojos, desde cuya alta y afiligranada torre se ve que los dos dedos de olvido que rodean en el mapa á la ciudad se han transformado en leguas de campos yermos, de un gris amarillento sucio, por los cuales transitan la soledad y el silencio mirando á las campanas de la catedral con el índice en los labios. Por eso aquellas campanas que han cantado tantos triunfos, saludado tantas glorias, festejado tantos reyes en los tiempos felices de Albora, callan ahora de continuo y sólo modulan, como maquinalménte, el lento y grave son que llama á los canónigos al coro, ó el más. lento y más grave aún que despide al alma de un muerto, dejando caer sus tristes vibraciones sobre las callejuelas solitarias de una ciudad muerta. D. Antonio Gracia perdió á sus padres siendo aún muy joven, y cuando salió del seminario para celebrar su primera misa, en su alianza con el Dios de los huérfanos y los tristes, cayeron á la copa donde había sangre de redención lágrimas de humanas amarguras. Desvalido de todo apoyo, regentó durante diez ó doce años humildes curatos rurales, y la noticia de su nombramiento para el cabildo de Albora lo produjo una gran sorpresa; como no sabía á quién agradecer la merced, creyó que las bendiciones que le enviaba su madre desde el cielo le habían ido poco á poco llevando desde la humildad de su primer curato hasta la excelsitud de aquel coro catedral. Dispuso, pues, su viaje, y al llegar á Albora recomendáronle una pobre viuda que vivía en suma estrechez, sin más familia que un niño de pocos años. Albergóse D. Antonio en tan honrada como pobre casa, y pronto las alegrías del niño produjeron en el severo espíritu del sacerdote lo que producen los primeros rayos de Marzo en la tierra, endurecida todavía por las heladas invernales; un despertar inquieto de algo soterrado y oculto que ya anuncia las flores. ¿Cómo pudo ser que aquella alma, sólo acostumbrada á las austeridades de la fe, se abriese de tan rápida manera á los halagos de un sentimiento casi paternal? Sucedió en el espíritu de D. Antonio lo que acaece en el recinto de nuestras catedrales. Dormidas están sus naves enuna- misteriosa- obscuridad cuando de pronto un rayo de luz se lanza á los pintados vidrios de artístico rosetón. y arroja en medio de. la penumbra deltem, plo una orgía de colores; no de otro modo cayeron también de pronto en í ¿mística penumbra, del alma de D. Antonio las infantiles gracias y las alegres risas del niño: Decidido á proteger su orfandad y disponer. su corazón jpara lasiensegarizas del, mundo, apenas sé separaba de él más que las horas de sus obligaciones, y sus rezos; juntos visitaban los aiitiqtiísimos mónuméiitos de la ciudad, narrando D. Antonio los gloriosos sucesos de que fueron teÜtroj y oyéndole el niño sin respirar apenas para soñarlo todo después punto por punto. Cierta mañana llevóle D. Antonio á la catedral para enseñarle las alhajas, regalo decíen reyes y magnates. Asombró entre todas ellas la imaginación del niño un precioso altar de plata, obra sin par de nuestros mejores artífices orfebreros, que únicamente saHa de las estrechas prisiones del tesoro al llegar la festividad del Corpus. Colocábanlo entonces, cuajado de luces, á la derecha del altar mayor, y deslumhraba.