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No se desmiente en loa santos la condición humana, y acaso interesan más aquellos en quienes observamos Ja lucha de las pasiones y de la gracia, como en San Agustín y en esta Eeina medioeval. Enamorada, correspondida, dichosa, persuadida al principio de que legítimamente podía serlo, el golpe que destruía su vida la sorprendía en plena luna de miel, que diríamos ahora; en lo más suave y sazonado de los gustos, -y no quería dejarse arrebatar tanto bien. -Acaso esperaba que se ablandaría el Pontífice. No otra cosa puede suponerse al comprobar que dama tan piadosa, de vida tan edificante antes y después de su matrimonio, arrostra el rayo de la excomunión y los terrores del entredicho, y defiende por espacio de cinco años un aíñor y un hogar reprobados por la Iglesia del modo más explícito y tremendo. Si se piensa lo que era en aquellos siglos la fe, su inmensa fuerza social, se comprenderá cuánto debían amarse los que la resistían y contra su formidable torrente seguían abrazados. El entredicho era la suspensión de la vida religiosa. Cerrados los templos, veladas con negro paño las imágenes, interrumpido el culto ó celebrado en secreto, con exclusión; de los fieles; negados los Sacramentos, mudas y descolgadas las campanas, y el pecador ó los pecadores por culpa de los cuales se fulminaba el entredicho declarados impuros, y obligados los que les rodeaban á rehusarles el- agua y el fuego. Poco tiempo solían resistir los monarcas la irritación y el espanto de los pueblos ante el entredicho: acababan por inclinarse y obedecer. Así sucedió á Alfonso de León y Teresa de Portugal. Con el corazón despedazado, la reina pidió consuelos á la misma religión que laheríatan hondo, y lejos de pensar en nuevos lazos, se entregó á la penitencia y á la mortificación, en que tal vez hallaba único y triste placer. Aunque aL deshacerse su matrimonio Alfonso le había reconocido estados que gobernar en iVilIafránca del Bierzo, doña Teresa profesó de religiosa cisterciense en un monasterio poco distante de Coimbra. Venía bien con sus deseos de padecer la austeridad de aquel instituto. Dejando los esplendores del trono, las inútiles galas, sólo buenas cuando las acompaña la alegría, Teresa se vistió de telas pobres, practicó él ayuno, comió de lo que comían los pecheros y repartió sus rentas entre los necesitados. Todo debía de parecería poco tratándose de expiar cinco años de tormentosa dicha. Y nada alcanzaría, si faltase la Divina Misericordia, para luchar con los recuerdos y lograr conformidad. A la prueba de dejar á Alfonso, á quien tanto quería y de quien los hechos históricos demuestran que era amada, se juntaba la de verle ya desposado con otra mujer; doña Berenguela la Grande, madre que fué de San Fernando. Por cierto que en este enlace, de feliz augurio para la unidad de la patria, se reprodujo con variantes la historia del primero, y fué disuelto igualmente, dando lugar á que el Padre Flórez escriba, sorprendido: Es cosa de admirar el estado de aquellos tiempos sobre la contracción de matrimonios: pues acabando de separarse D. Alfonso de la reina Santa Teresa por el parentesco que mediaba, contrajo segundas nupcias con otra también parienta en grado prohibido. Cuando, unos ocho años después de su desdicha, pudo la reina Teresa saber que doña Berenguela sufría igual suerte, no dejarían de llegar á su noticia, renovando sus dolores, los amoríos y devaneos en que andaba enredado Alfonso. La historia conserva el catálogo de sus predilectas amigas y la lista de sus hijos, que no bajan de dieciocho entre legítimos y naturales. Entretanto, Teresa pedía á Dios por él en el retiro del claustro, donde tal vez á fin de acrecentar méritos que obtuviesen perdones, ingresaron y la acompañaron sus hijas las infantas Sancha y Dulce, las que no debían haber nacido El otro fruto de su desventurado amor, el príncipe D. Fernando, murió joven. i r. t ñw til. rlí 7 W JB 3 K NM Sólo Dios le quedaba á la reina Teresa. Pero, como dijo otra gran Teresa española: sólo Dios basta, J El pueblo que la veneraba, porque con su prudencia y benignidad había evitado guerras civiles, fué en los últimos años de la vida de la santa á pedir á la imposición de sus manos el remedio de graves enfermedades. I os milagros la canonizaron en vida. La declaró bienaventurada Clemente VI. E- MILIA PARDO BAZAN D I B U J O S O S BLANCO C O R I S