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ly ljji ¡A Tiene esta santa, hoy bastante olvidada de los devotos, la genuína fisonomía de su época: pertenece á la E d a d Media castellana en el prinaer período, cuando era u n ideal que iba encarnándose la reconquista, y una aspiración próxima á generalizarse la unidad nacional de España, dividida en Estados apenas constituídos después de porfiadas luchas. E n t r e su fragor y estrépito, la figura de Santa Teresa, infanta de Portugal y reina de León, se pierde á veces, borrándose sus contornos de mujer. E s necesario adivinarlos, desentrañar el drama íntimo de su corazón por los datos escuetos de las sucintas biografías. Puede señalarse como nota peculiar del momento en que vive la reina Santa Teresa, el final de la edad heroica, reconquistadora, legendaria, y el principio de la civil, en que los Estados peninsulares se aproximan entre sí y se comunican con el resto de la cristiandad. Lo anterior á Santa Teresa es la conquista de Toledo con sus novelescos episodios; la terrible acometida de los Almorávides, que traían entre los pliegues de sus alquiceles el ardiente soplo del África, y en sus manos los hierros para sus propios aliados los árabes españoles; la gesta ó epopeya del Oid Campeador, que había de florecer en la fresca primavera de los Poem. ns, y más tarde del Romancero; las discordias entre doña Urraca y su esposo, que prendieron fuego de p u n t a á cabo á los dominios de ambos consortes; la siniestra venganza del Monje y la fusión, en su hija, de dos pedazos de E s p a ñ a t a n importantes como Aragón y Cataluña. Y en Portugal- -donde Santa Teresa iba á nacer- -acababa de condensarse el espíritu de independencia, que el tiempo acreció y que llegó á hacer definitivo en otras edades, la torpeza y debilidad de nuestros reyes de la casa de Austria. Alfonso Enríquez había fundado la monarquía portuguesa, y el Papa la reconocía de un modo implícito, con cautela y diplomacia suma. E r a la mano del Pontífice la que en aquellos siglos solía atar y desatar los poderes de la tierra, y fué esta misma mano, donde brilla el anillo del Pescador, la que rompió y aniquiló la dicha de Santa Teresa, impulsándola, por el estímulo del dolor, hacia las cumbres de la santidad. Mancebo de dieciocho años, Alfonso I X de León sucedía en el trono á su padre, y deseando s u m a r fuerzas contra el rey de Castilla, pedía á Sancho I de Portugal la mano de su hija mayor, la infanta doña Teresa. Dicen las historias que doña Teresa era linda como unas flores, y el encanto de su glorioso abuelo Alfonso Enríquez, el cual, embelesado por las gracias de la niña, se propuso que n i n g u n a princesa poseyese joyas mejores (de antiguo sé observa en Portugal esta afición á las alhajas) y colmó de patenas de oro, sartales de perlas y brincos y arracadas de pedrería muchos cofrecillos, á su nieta destinados. Pero la criatura no conocía m á s placer que el de la oración, y á los diez años oía misa de rodillas con compostura edificante, manifestando que deseaba abrazar el estado religioso. La política intervino; la boda con el leonés fué concertada, y Teresa, á principios del 1191, se reunió con u n esposo de florida edad, de apasionado temperamento, noble y valiente. E s i n d u d a b l e que en tal situación Teresa se entregó á la honesta ventura que el matrimonio la brindaba. Y cuando supo que esta ventura era ilícita, pecaminosa, la costó increíble esfuerzo y recio y prolongado combate decidirse á renunciar á ella. Lo que digo parecerá extraño tratándose de u n a santa puesta en altares, pero es muy cierto, si se ha de creer al Año Oristiano, que citaré después textualmente. Desde el p u n t o de vista h u m a n o el caso n o maravilla: el amor nació y se fortaleció en Teresa por natural efecto del santo nudo, y el desengaño y la sorpresa y el remordimiento no podían arrancarlo instantáneamente del alma. Era preciso que sangrase, que se destrozase, antes de resignarse al cruel sacrificio. Tenía que padecer, que ser crucificada, aquella alma digna de aspirar á la santidad perfecta. Fué el caso que, al concertarse los desposorios de Alfonso y Teresa, no se había tenido en cuenta el parentesco cercanísimo que los unía, como hijos que eran de hermanos, Alfonso de doña Urraca y Teresa de D. Sancho I, prole de Alfonso Enríquez de Portugal. No dispensaba entonces la Iglesia, en ningún modo, estos enlaces, sobre los cuales caía la m a n c h a de incesto. Así que ascendió al solio pontificio Celestino I I I rebosando, á pesar de sus ochenta, aquel vigor moral con que supo oponerse al cautiverio injusto y cruel de Ricardo Corazón de León; así que llegó á su conocimiento el enlace del monarca leonés, apresuróse á intervenir para desbaratarlo, sin reparar en razones políticas ni en el amor que unía á los cónyuges. Sienten algunos que la decisión del Papa fué motivada por u n Concilio celebrado en Salamanca, donde figuraron loa obispos de León y Portugal, con asistencia del Legado Apostólico, y donde el matrimonio de los reyes fué declarado nulo. Otros niegan la existencia de este Concilio. Lo probado es que Celestino I I I les ordenó que se apartasen, cesando inmediatamente de tratarse como marido y mujer. Y aquí llega el caso de citar textualmente el Año Orintiano: Después de varios avisos para que se separasen Alfonso y Teresa, excomulgó (el Papa) al uno y al otro, y también a l rey de Portugal, y puso entredicho en ambos reinos. Los reyes n o se separaron hasta pasados cinco años, en que les nacieron tres hijos. Doña Sancha, Don F e r n a n d o y Doña Dulce.