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portable, que le había arrancado la protesta eterna, inveterada, especie de manía contra el clima le parecía ahora radiante, despejada, con una grata y fresca calma en el espacio y no menos agradables las condiciones atmosféricas de la localidad. Profesaba la judicatura, no como una carrera, sino como UQ sacerdocio. El Cristo que presidía sus decisiones desde la pared de la Sala, en la Audiencia, no había tenido nunca que mirarle con ojos de reproche por una sentencia impremeditada ó ligera. Ahora, en este maldito caso concreto, creyó caer desde la augusta altura en que se veía colocado por derecho propio; todavía sentía correr por su piel el último estremecimiento de su extinguida vacilación. Recordaba haber hablado solo, accionado allí mismo, en púbHco en la calle ante los transeúntes matutinos, que seguían su camino compadeciéndole, creyéndole un loco. Hasta que Dios se apiadó de él y le mandó la luz, hasta que acababa de demostrarse á su conciencia de ma istrado que no procedía la lástima sentimental, sino la justicia seca que librara al mundo de un monstruo íi í r 1 ñ f Levantó de pronto la cabeza, y sin saber por qué miró hacia la izquierda, hacia lo alto de las gradas de la catedral. En la cúspide, sobre la escalinata de piedra, saliendo de bajo la ojiva orlada de santos graníticos unos sin cabeza, otros sin doselete, destacando en lo gris del frontis venerable, ennegrecido por los si. los aparecía un suave cortejo alzando el pesado cortinón de la puerta, las niñas de un colegio con el albo traje dé la primera comunión, suelto el cabello, flotante el velo, que agitaba la corriente de aire de la entrada Salían de dos en dos, unas tras otras las parejas, radiantes, sonrosadas por la emoción, felices, con esa dicha casta de la nmez que sólo ha visto la vida á través del cristal de la inocencia. Seguidas de su profesora, recogidas aún, dentro todavía de la solemnidad del acto, empezaron á descender por los escalones, yendo á cruzarse con el magistrado que las contemplaba. Y al pasar junto á él, todas fueron fijando en su persona sus ojos ingenuos, llenos de gracia y santidad. j El pobre magistrado sintió de repente que la veleta de su decisión derivaba. Aquel reguero compasivo de miradas puras que hablaban de amor y abnegación, le introdujo en el alma un invencible deseo de perdonar de tender el olvido sobre una culpa; los trajes blancos, las caritas de ángel, se impusieron á su severidad di juez; súbitamente todos los atenuantes del proceso resplandecieron con una luz radiosíaima, y no vacilando ya más, echó á buen paso camino de la Audiencia, exclamando con resolución inquebrantable ahora á la vez que corría para no perder aquel buen minuto: Oh, sil La vida, la vida! ALFONSO PÉREZ KIEVA DIBUJOS DE AXDRADE